Diana

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Se llamaba Diana y había llegado a Rocavarancolia en la segunda cosecha de Andras Sula. Era una chica bajita, morena, de ojos verdes, dada a la melancolía y a los largos silencios. Cuando el piromante la cosechó acababa de cumplir quince años. Diana, desde muy pequeña, había tenido problemas para respirar; los médicos, sin tener muy claro qué le ocurría, la habían diagnosticado de asma crónica. Desde que tenía memoria siempre había tenido un inhalador cerca y una sensación constante, permanente, de asfixia. Diana tenía la impresión de que a medida que crecía sus pulmones se hacían más y más pequeños. Y los médicos seguían sin dar con la clave del problema.

—Tu enfermedad es mágica —le dijo Andras Sula aquella última noche de octubre—. Y ni siquiera es una enfermedad. Es un síntoma, un síntoma de en lo que te puedes convertir. —Y el joven abrió una mano y en la palma comenzaron a bailar llamas—. Durante años tuve miedo al fuego, ahora lo domino. Mi debilidad se convirtió en mi fortaleza. Es posible que a ti te pase lo mismo.

Y fue con él.

En Rocavarancolia la curaron de su extraña afección y después la ciudad, poco a poco, le fue insuflando vida y alegría del mismo modo en que había insuflado aire a sus pulmones. Y un buen día, Diana se dio cuenta de que le costaba reconocerse: se había convertido en una persona jovial y abierta, siempre dispuesta a bromear. No se engañaba, no solo había sido Rocavarancolia la culpable de su cambio. También había sido él: Edgar; un joven alemán de pelo negro enmarañado y ojos verdes, alto, hermoso y frágil, con aire de despiste perpetuo y una sonrisa a la que era delito no responder con otra. Diana se enamoró perdidamente de él, pero desde lejos y en secreto, Rocavarancolia le había librado del asma y la melancolía, pero no había conseguido quitarle la timidez.

—Diana —le había dicho Edgar cuando al final los presentaron, una semana después de llegar a Rocavarancolia—. ¡Qué nombre más bonito!

Ella se sintió en la gloria al oír aquello, tanto que decidió no cambiarse el nombre cuando saliera la Luna Roja. Sería siempre Diana. Se hicieron amigos, buenos amigos, y aunque ella deseaba que su amistad se convirtiera en algo más nunca dio un paso más allá. No se atrevía. Cada vez que intentaba armarse de valor para decirle lo que sentía, notaba como si sus pulmones volvieran a encogerse en su pecho, reduciéndose de tamaño poco a poco hasta convertirse en dos puñitos temblorosos y muertos de miedo

Llegó la Luna Roja y con ella el cambio. Diana se convirtió en bruja y la luna, la bendita luna, le concedió poder sobre su propio aliento. Le bastaba soplar para conjurar fuertes vientos. Estaba convencida de que con la suficiente práctica y trabajo se convertiría en una de las brujas más poderosas que había visto Rocavarancolia; algún día, aseguraba, podría convocar huracanes. Quizá entonces lograra armarse del valor suficiente para acercarse a Edgar y decirle lo que sentía. La luna mágica de Rocavarancolia también lo había transformado a él, lo había convertido en licántropo, podía cambiar de forma a su antojo siempre que quisiera. Él sí tomó otro nombre: Feraz. Un nombre violento y salvaje que a ella no le terminaba de gustar.

—Tú puedes seguir llamándome Edgar —le dijo una noche. Y ella sonrió como una idiota.

Tras el cambio decidió quedarse en el torreón Margalar. Buena parte de su cosecha, como era costumbre, se desperdigó por la ciudad, pero a ella le gustaba aquella torre. La consideraba su hogar. Y además, Edgar, Feraz, también había decidido quedarse allí, al menos durante una temporada. Diana sabía que en unos meses llegaría una nueva cosecha y se había propuesto al consejo como tutora de los nuevos. Quería ayudar. Fantaseaba con la idea de que Edgar se quedara también, pero no se quería hacer ilusiones al respecto.

—Hoy ha vuelto a haber problemas con la Legión de las Calaveras —dijo Feraz aquella noche, aquella última noche, mientras los ocho cosechados que quedaban en el torreón cenaban en la planta baja—. Un trasgo se pasó de listo con Isaías y hubo más que palabras. Tuve que meterme en medio. Ya os digo que tarde o temprano pasará algo, algo grave. Y habrá que tomar medidas.

—Es normal que haya tensiones —dijo Diana, conciliadora—. No hace ni dos semanas que han regresado, todavía se tienen que adaptar a la nueva Rocavarancolia. Y nosotros a ellos.

—Eso no pasará nunca. La mitad de la maldita legión son unos putos monstruos —dijo el joven que se convertía en lobo.

La cena acabó y mientras los demás se quedaban de charla, Diana dio las buenas noches y se encaminó, cansada, hacia las escaleras. Antes de subir el primer peldaño miró sobre su hombro y sorprendió a Edgar mirándola. Él la sonrió, fue una sonrisa entre divertida y culpable, la sonrisa de alguien al que han pillado haciendo una travesura. Ella le devolvió la sonrisa y subió las escaleras, feliz. Casi entró bailando en su cuarto, en la habitación que compartía con otras dos amigas.

Se puso su camisón blanco, su favorito, se tumbó en la cama y, como si fuera una oración, repitió su nombre tres veces:

—Edgar, Edgar, Edgar.

Luego cerró los ojos.

El sueño vino rápido, a una velocidad de vértigo. Más que dormirse quedó inconsciente. Se sumió en una oscuridad violenta que, de pronto, comenzó a colársele por sus pulmones. Se asfixiaba, como cuando era pequeña. Estiró la mano en la cama, un gesto aprendido en busca del inhalador que en la Tierra siempre dejaba en la mesilla. Entonces recordó donde estaba y abrió los ojos, sobresaltada. Alguien le estaba cubriendo la boca y la nariz con la palma de la mano, una mano enorme, callosa. Había ojos en la oscuridad, ojos pequeños y relucientes. Escuchó carcajadas procedentes de la planta de abajo. Reconoció su risa. Era Edgar. Intentó liberarse, pero la sombra era fuerte. Estaba sentada a horcajadas sobre ella. Recordó que la Luna Roja la había convertido en bruja y llamó a su aliento, a la ferocidad del aire que habitaba en sus pulmones, pero perdió pie en el mundo y el desmayo se la llevó.

Lo único que encontraron de ella fueron siete gotas de sangre en la almohada.

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Los cuentos de Rocavarancolia

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