El experimento

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—¿Está bueno? —pregunto Karrak, con interés.

Y lo estaba, muy bueno, pero como única contestación dama Velada se encogió de hombros. Karrak soltó una risilla mientras se echaba hacia atrás en su taburete. Era tan inmenso que empequeñecía todavía más la diminuta celda en la que se encontraban.

—Supongo que muchos por aquí deben pensar que estoy loco. Por eso de ser el único que puede verte. —Se golpeó justo debajo de la cuenca de su ojo derecho; este, como buena parte de su cara, había desaparecido, en su lugar se veía una esquirla de color rojo, empotrada de mala manera en el hueso. El mensaje de su gesto era evidente: si podía verla era gracias a aquel pedazo de Luna Roja—. También tienen problemas para retenerte en su memoria. Es un fenómeno curioso. Si no les recuerdo tu existencia constantemente, se olvidan de ti. He tenido que poner un cartel de «Por favor, no abrir» en la puerta, ¿puedes creerlo? Te debe resultar complicado hacer amigos así, ¿no?

Dama Velada continuó callada, centrada en la cena. Le costaba comer con el brazo roto vendado. Estaba hambrienta. No le habían dado de comer en los dos días que llevaba encerrada en esa celda, poco mayor que un armario.

—Te gusta, solo hay que ver cómo comes —continuó Karrak. Al parecer no le importaba en absoluto que no le hubiera dirigido la palabra desde que había entrado—. La receta original era con emuy, un pájaro muy común en Mascarada, el planeta de mis antepasados. Decían que estaba delicioso, que su carne se deshacía en la boca y que era tan sabrosa que se consideraba un insulto usar cualquier tipo de especia o condimento con ella. —Volvió a echarse hacia delante en el taburete. Las patas del mismo crujieron acomodándose al peso de aquel hombre—. Ya no quedan emuys, Rocavarancolia terminó con ellos al mismo tiempo que destruía Mascarada. Los tuyos desintegraron el mundo de mis ancestros. Usaron magia para ello, un hechizo atroz conocido como la Negrura. Para ejecutarlo necesitaron sacrificar antes el alma de otro planeta. Sí, me has oído bien: aniquilaron un mundo para destruir el mío. —Sacudió la cabeza, entristecido—. Así es cómo se las gasta tu reino.

—Ese no es mi reino —replicó dama Velada—. Esa era la Rocavarancolia anterior a la última cosecha de Denéstor. Somos diferentes ahora. Hemos cambiado.

—Me gustaría creerte. Pero entiende que nos resulta complicado confiar en vosotros. Por los dioses, estamos hablando de un reino que destruía planetas. ¡Planetas!

—No somos ellos.

—Los antecedentes son los que son, no se pueden cambiar. Vuestras palabras de poco sirven frente a todas las atrocidades que Rocavarancolia cometió en el pasado. —Se inclinó hacia ella—. Y aunque tuvieras razón, aunque fuera cierto que habéis cambiado, ¿crees que alguien nos reprocharía que adoptáramos precauciones por si os desmadráis otra vez? Coincidirás conmigo en que sería de estúpidos no hacerlo, ¿verdad?

Dama Velada tampoco contestó a esa pregunta. Se dedicó a su cena, en silencio, concentrada en saborearla. No levantó la vista en ningún momento mientras comía. Estaba delicioso. Dejó el plato y los cubiertos en la bandeja una vez terminó y se replegó en el jergón. Karrak la observaba muy atento, sonriente. Aquella sonrisa le daba ganas de arrancarse los ojos. Había algo profundamente equivocado en ella.

—Te ha faltado lamer el plato —dijo Karrak, complacido—. Le diré a los cocineros lo mucho que has disfrutado de la cena. —Soltó una carcajada—. Probablemente crean que me la he comido yo. Qué locura de poder el tuyo, chiquilla, qué locura… —Apoyó las manos en sus muslos y se incorporó despacio. Fue como ver levantarse una montaña—. ¿Me harías el honor de acompañarme? Ya está todo preparado abajo. Solo faltas tú.

—¿Vais a matarme? —preguntó ella. Intentó que en su pregunta no se reflejara el miedo que sentía, pero no lo consiguió.

—¿Matarte? —Karrak la contempló espantado—. ¿Por quién nos tomas? No, no vamos a matarte. Te doy mi palabra. Solo vas a ayudarnos con un pequeño experimento. Solo eso. Si todo sale bien, después te trasladaremos a Eco, una bella isla prisión situada en el mar Candor. Como comprenderás no podemos correr el riesgo de dejarte libre. Pero no te preocupes, te trataremos bien. Y con suerte, a su debido tiempo, volverás con los tuyos.

Dama Velada no le creyó, era imposible creer a alguien que sonriera de esa forma. Pero se levantó, no tenía otra alternativa. Karrak abrió la puerta y le hizo un gesto invitándola a salir primero. Seguía sonriendo. Con su sonrisa de hiena, con su sonrisa de monstruo, con su sonrisa asesina…

A la joven le costaba caminar. Las piernas le temblaban. Miró a su alrededor nada más salir al pasillo. No vio escapatoria posible. Y por si tuviera alguna duda, Karrak la aferró del hombro izquierdo, sin ejercer demasiada presión, la justa para transmitirle que cualquier intento de fuga estaba condenado al fracaso.

—Por aquí —dijo mientras la empujaba despacio corredor adelante.

Dama Velada caminó por el pasaje desierto. Quería sobreponerse al miedo, pero era incapaz de conseguirlo. Lo tenía metido en los huesos. Cayó en la cuenta de que si moría allí nadie la recordaría ni en Rocavarancolia ni en la Tierra. Solo el hombre a su espalda sabría que había existido. Era un pensamiento desolador.

Karrak la condujo hacia una escalera en espiral y la obligó a bajar por ella. Los peldaños eran metálicos, con manchas de óxido que se iban haciendo más frecuentes a medida que más descendían. El hombre que la guiaba la empujó de nuevo cuando llegaron a un nuevo pasaje, mal iluminado, de baldosas agrietadas y paredes sucias. Pasaron de largo varias puertas hasta llegar a la que aguardaba al fondo del corredor. Karrak se adelantó un paso, sin soltarla, la abrió y la hizo entrar.

Era una estancia ovalada, de techo cóncavo. Había varios sujetos dentro, todos con aspecto de desconcierto, como si no tuvieran muy claro qué estaban haciendo allí. Pero en lo primero en que se fijó dama Velada fue en la camilla que ocupaba el centro de la sala. Era blanca y estaba rodeada de cables y maquinaria repleta de runas. No le sorprendió que Karrak la guiara hasta allí.

—Karrak, ¿podrías refrescarnos la memoria y decirnos por qué nos has hecho venir? —preguntó la mujer que se sentaba ante una de las máquinas. Dama Velada la reconoció. Era Lena. Había estado presente cuando la capturaron.

—Podría, pero prefiero esperar a que lo veáis por vosotros mismos —contestó Karrak—. Túmbate, chiquilla.

—Por favor… —suplicó ella—. Solo soy una niña…

Pero ahí no había clemencia. Solo esa sonrisa extraña y retorcida, esa sonrisa demente que hablaba a las claras del destino que la aguardaba.

—No tienes por qué preocuparte —dijo Karrak—. Confía en mí. Esto no durará mucho.

—¿Con quién coño habla? —escuchó que preguntaba alguien.

Dama Velada no se movió. Era incapaz de hacerlo. Le fallaban las piernas y el brazo roto le dolía a rabiar. Karrak asintió, como si se hiciera cargo de la situación, la tomó de la cintura, la alzó en volandas y la recostó sobre la camilla. A continuación, con una suavidad sorprendente, fue conectando a ella el cableado de las distintas máquinas que rodeaban la camilla. Algunas las adhirió a su frente mediante ventosas, otras las clavó directamente en su carne, pero con tal delicadeza que dama Velada no sintió dolor alguno. Estuvo a punto de albergar la esperanza de salir con bien de todo aquello. Y lo habría hecho, si aquel hombre hubiera dejado de sonreír solo durante un instante.

—¿Estás cómoda? —le preguntó Karrak una vez terminó—. Probablemente notes que las extremidades se te duermen. No te preocupes, es por culpa de un sortilegio anestésico suave.

Ella no dijo nada. Él le acarició con ternura el cabello y acto seguido se giró hacia un hombre delgado y amarillento que aguardaba de pie ante la puerta.

—Lucio, trae la vara —le pidió.

El aludido tardó en reaccionar, no apartaba la vista de los cables conectados a ella. Dama Velada supuso que para aquel hombre las ventosas y las agujas flotaban en el vacío, unidos a la nada. Lucio asintió finalmente y se aproximó a Karrak, sujetando una suerte de cetro de medio metro de largo, terminado en una garra tallada de ocho dedos. La garra sujetaba un pedazo de roca roja similar en color y textura a la que Karrak llevaba en el ojo. Otro pedazo de Luna Roja. Todo el tallo del cetro estaba recubierto de runas.

Karrak se dirigió de nuevo a ella.

—Fue toda una sorpresa averiguar que los cambios que provoca la Luna Roja son reversibles —le informó, con su sonrisa enferma en los labios—. Una auténtica sorpresa. Esa chica loba vuestra había revertido a su forma original después de ser transformada, y no solo eso, el colgante que llevaba impedía que la luna le afectara. —Alzó el extraño cetro, mostrándoselo. Las runas grabadas en su superficie parecían sangre seca. Dama Velada no podía dejar de mirarlo—. ¿Y si pudiéramos replicar el efecto?, nos preguntamos. ¿Y si fuéramos capaces de construir armas basadas en tan singular fenómeno? Con ellas podríamos doblegar a Rocavarancolia en cuanto se nos antojara.

»Nuestro hombre en Rocavarancolia entró en esa apestosa catedral roja vuestra y nos consiguió un pedazo de luna, un pedazo bien cargado de magia, y nos lo hizo llegar. Pusimos a nuestros mejores hombres al trabajo al momento. No tardaron mucho tiempo en construir el primer prototipo. Aquí lo tienes, ¿no es hermoso? Solo necesitábamos un sujeto con quien probarlo. Y entonces apareciste tú. Un regalo caído del cielo.

—Por favor… —repitió dama Velada.

—Solo será un momento —dijo Karrak—. Solo un momento.

Acto seguido señaló a la joven con el cetro y apretó el pulsador situado en un lateral. La piedra dentro de la garra emitió un relámpago de luz roja que envolvió la camilla por completo.

Dama Velada gritó, en primera instancia más por la sorpresa que por el dolor. Lo único que notó al principio fue un frío tremendo, como si sus órganos internos acabaran de congelarse. Una suerte de viento helado recorrió sus extremidades, le llenó la garganta de escarcha y escalofríos, los párpados de hielo ardiente… Cerró los ojos, aterida, angustiada. ¿Qué le estaba pasando? Entonces llegó el dolor. Fue breve, pero de una intensidad demoledora. Como si horas y horas de tormento se hubieran condensado en un solo instante. Dama Velada dio dos sacudidas en la camilla, dos convulsiones y quedó inmóvil, con la vista vidriada fija en el techo del pabellón. A duras penas respiraba.

—Puedo verla —anunció uno de los operarios—. ¡Puedo verla! ¡Y tenemos lecturas en los paneles! ¡Ha funcionado! ¡El cetro funciona!

—Por los dioses, que sucia está esa niña… —dijo Lena—. Da asco verla.

—Imagino que saber que eres invisible hace que descuides tu higiene personal —murmuró Karrak.

Dama Velada hizo el amago de incorporarse, pero quedó en un intento. Su cuerpo no le respondía. Como si fuera de otro y no suyo. Se sentía extraña, ajena. Tenía unas ganas tremendas de llorar.

—Vuelves a ser humana, niña —le dijo Karrak al tiempo que se inclinaba hacia ella—. Te hemos sacado la maldita Luna Roja de dentro. Y eso es lo que haremos con todas las sucias alimañas que habitan esa ciudad vuestra. Y una vez os quitemos la magia, os exterminaremos a todos.

—Por… favor… —alcanzó a decir la joven.

—No hay piedad —dijo Karrak. Ya no sonreía. Y eso era aún peor—. No puede haberla. No con seres como vosotros. Destruisteis mi mundo, ¿me oyes? ¡¡Destruisteis mi mundo!!

El puño cayó demoledor sobre el cráneo de dama Velada, un martillo pesado, rotundo. Bastó un solo golpe para matarla. Por unos instantes lo único que se escuchó en la estancia fue el goteo de la sangre y el crujido, leve, de la camilla destrozada. Karrak se incorporó, despacio. Jadeaba, pero no por el esfuerzo.

—Destruisteis mi mundo… —repitió—. Y yo aniquilaré el vuestro.

Relato anterior: «No son de los nuestros»

Los cuentos de Rocavarancolia

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