El regreso (1 de 2)

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Volvían a casa.

Llegado cierto momento, Marra dejó de prestar atención al mundo que la rodeaba. Solo tenía ojos para el vórtice resplandeciente que brillaba en mitad del descampado, a solo unos kilómetros de la fortaleza donde los ejércitos de Tadar los habían mantenido sitiados durante semanas. Marra no prestaba atención al ingenio de madera y acero que proyectaba el vórtice, ni al hombre que lo cargaba a su espalda, un gigante enorme, musculoso, que llevaba el torso desnudo y la cabeza afeitada. El fulgor del vórtice era impresionante.

Al otro lado estaba Rocavarancolia.

Rocavarancolia.

Su hogar.

Era consciente de la presencia de los suyos tras ella, apiñados unos contra otros, con la vista también fija en el portal que tenían delante, tan ansiosos como ella por cruzar al otro lado. Eran lo que quedaba de la Legión de las Calaveras, los ochenta y siete supervivientes del medio millar que habían llegado a aquel mundo treinta años antes. Todos los demás habían muerto. Algunos, los pocos, al principio de aquella odisea; la mayoría a lo largo de los años de destierro forzoso en las Tierras Salvajes de Tadar. El último en morir había sido Orestes, el brujo oráculo. El roce de una flecha lo había tenido agonizando durante dos días, postrado en un camastro, hediendo a muerte y a sudor. Había predicho el ataque, había predicho la herida, lo que no había visto era el veneno que la emponzoñaba. Orestes la había mandado llamar cuando apenas le quedaba media hora de vida.

—Acaba aquí mi viaje, vieja amiga —le dijo con la voz quebrada y los ojos desorbitados, secos—. Qué puta rabia. Me quedo a las puertas, me quedo en el umbral… No volveré a Rocavarancolia. No volveré a ver las dragoneras, ni las altas torres de la plaza del Estandarte, ni la catedral roja… Vuelve a casa por mí, Marra. Y diles que morí pensando en ella, diles que el camino mereció la pena, diles que Rocavarancolia me hizo grande y que aún treinta años después lo sigo siendo, porque un día pisé sus calles.

—Lo haré —le prometió ella.

Ahora llevaba el cadáver de su amigo en brazos. Al menos le darían sepultura en el cementerio. O en el Panteón Real, si por ella fuera. Orestes regresaba también a Rocavarancolia.

Estaban rodeados de una cantidad notable de tropas. Los que estaban más cerca de ellos vestían los colores de Voraz, pero había allí también tropas de Tadar, vigilantes y atentas a cada uno de sus movimientos; eran las mismas fuerzas que los habían mantenido sitiados durante tanto tiempo. Y se divisaban enseñas de otros mundos: vislumbró el emblema de Arfes y una pequeña comitiva procedente de Ataxia, formada por tres hombres que observaban lo que ocurría con una expresión de desprecio absoluto. A Marra se le escapaba lo que estaba sucediendo allí. Habían estado perdidos, cercados por fuerzas superiores en fuerza y magia. Pero de pronto las hostilidades habían cesado. Se habían limitado a mantenerlos sitiados, sin atacarlos.

Daba igual. Lo importante era que el largo exilio llegaba a su fin.

Junto a Marra estaba un hermano Lexel, con su brillante máscara cubriéndole la cara. Nunca había esperado volver a verlo. Llevaba más de treinta años pensando que aquella herética alianza de mundos había terminado con Rocavarancolia. No había tenido fe, lo admitía. Y ahora se sentía culpable por ello. Rocavarancolia era indestructible, nada ni nadie podía doblegarla, al menos no durante mucho tiempo. Aquella ciudad aguantaría hasta el mismísimo final del tiempo. Aun así, cuando un emisario de Tadar había llegado a las puertas de la fortaleza para anunciarles que el cerco se levantaba y que les permitían marchar, no le había creído. Había sospechado que era una trampa para hacerlos salir y luego acabar con ellos.

Ese mismo día, poco antes del anochecer, llegó dama Desgarro, la custodia del Panteón Real y la Comandante de los Ejércitos de Rocavarancolia. Se había plantado ante las puertas de la fortaleza y se había puesto a dar voces.

—¡Marra, burra testaruda! —le gritó—. ¡Recoge tus cosas, pon a tu gente firme y sal del castillo de una vez! ¡Ha llegado la hora de volver a casa! ¡Os quiero mañana de vuelta! ¿Me oyes?

A casa.

El resplandor del vórtice la subyugaba. Su luz era un portento, un caos de vivos resplandores en distintos tonos de plata. Casi vislumbraba la ciudad que se ocultaba al otro lado, en el rielar de sombras alcanzaba a distinguir la silueta de los edificios, el ir y venir de dragones…

—¿Estás preparada? —le preguntó el hermano Lexel.

Marra miró de reojo a las tropas que los escoltaban.

—No —susurró, tan bajo que solo su acompañante podía escucharla—. Antes de irme me gustaría matarlos a todos. Arrasar esta tierra hasta que no quede nada. Más de treinta años perdidos en este maldito erial.

—Tiempo al tiempo, querida —le dijo el brujo de la máscara—. Tiempo al tiempo.

Ella asintió con firmeza y, a continuación, con el cadáver de su amigo en brazos, se giró hacia lo que quedaba de sus tropas. Allí estaban los supervivientes de la Legión de las Calaveras, agotados y deshechos, pero vivos.

—¡Termina nuestra misión, compañeros! —dijo—. ¡No nos han derrotado! ¡No nos hemos rendido! ¡Hemos plantado cara y hemos sobrevivido! ¡Ahora toca honrar a nuestros muertos y volver a casa! ¿Estáis dispuestos, Legión?

El grito de asentimiento hizo que la ángel negro se estremeciera. Sacudió las alas y volvió a quedar encarada al portal.

—A casa —repitió. La voz le temblaba—. A casa.

Y echó a andar hacia la luz resplandeciente y la ciudad que esperaba al otro lado.

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Los cuentos de Rocavarancolia

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