El regreso (2 de 2)

el-ciclo-de-la-luna-rojaEl regreso (1 de 2)

Rocavarancolia entera aguardaba ante el portal que se abría en la Plaza del Estandarte. Allí estaban reunidos tantos los antiguos cosechados como los nuevos, los recogidos por Andras Sula. Formaban ante el gran vórtice que había abierto el emisario de Voraz, un tipo inmenso, mediante el extraño armatoste de madera y hierro con forma de cañón retorcido que cargaba a la espalda. Hector esperaba inquieto. Los que estaban a punto de regresar formaban parte de la Rocavarancolia del pasado, la sangrienta; no tenían nada que ver con la nueva, con la que estaban construyendo allí. Justo el día anterior había compartido sus temores con dama Desgarro.

—¿Quieres que te tranquilice, Hector? —le había dicho ella—. ¿Que te diga que son buenos chicos? No puedo hacerlo. No voy a mentirte, en las filas de Legión de las Calaveras había trasgos y vampiros, licántropos y demonios. No va a ser nada fácil convivir con ellos, te lo adelanto. Pero tendremos que aprender a hacerlo; lo queramos o no, son de los nuestros.

«Trasgos y vampiros, licántropos y demonios». Desde que habían tomado el control de Rocavarancolia habían tenido mucho cuidado con los nuevos cosechados. Habían intentado por todos los medios evitar las transformaciones más conflictivas. Y ahora aceptaban de vuelta a aquellos monstruos.

No solo Rocavarancolia aguardaba ante el vórtice. En la plaza permanecían a la espera también los embajadores que la Alianza de Mundos había destinado en la ciudad. El periodo de evaluación al que los habían sometido había terminado ya y en una reunión celebrada en uno de sus mundos habían sido tan benévolos como para permitirles seguir existiendo. «La nueva Rocavarancolia no tiene nada que ver con la antigua»: ese era el mensaje en el que habían incidido desde el primer momento y habían conseguido que calara en el número suficiente de mundos con derecho a voto como para conseguir esa nueva prórroga. Las embajadas se habían vuelto permanentes ahora, la Alianza todavía estaría vigilante y habría reuniones periódicas para evaluar el comportamiento del reino. Como era natural, no terminaban de fiarse de ellos. Y tenían motivos para hacerlo. Hector sonrió con desgana. Aun bajo estrecha vigilancia, Rocavarancolia ya se las había ingeniado para “conquistar” uno de los mundos vinculados. Tifón había asesinado al rey de Voraz, adoptado su aspecto y ocupado su lugar. Y la influencia de Rocavarancolia no tardaría en notarse en más de un reino de la Alianza. En esos mismos momentos estaban trabajando en ello.

En las alturas volaban los dragones. Vio a Ceniza, impulsándose alrededor de la plaza con sus poderosas alas. Andras Sula había regresado tras la misión en Voraz. Solo Tifón había quedado atrás, convertido ahora en Melcor Basar, el rey semidiós de aquel mundo terrible. Hector se pasó la mano por la frente e intentó controlar su respiración. ¿Qué somos?, se preguntó. ¿En qué nos vamos a convertir? ¿Qué camino vamos a seguir? Tenía la impresión de que a pesar de todo estaban condenados a repetir los mismos errores de la antigua Rocavarancolia, que sus buenas intenciones no importaban nada, que el futuro, lo quisieran o no, estaría bañado en sangre.

—¿Estás bien? —le preguntó Marina, a su lado.

Hector miró a su compañera y sonrió.

—Lo estoy, lo estoy.

—Todo va a salir bien, ¿vale? Tranquilízate, estás tan tenso que pareces a punto de hacerte pedazos.

Hector resopló. Le habría gustado ser tan optimista como ella, pero le resultaba imposible conseguirlo. Simplemente no sabía cómo hacerlo. Además, desde hacía tiempo tenía la impresión de que algo terrible estaba a punto de suceder. A veces se despertaba con la sensación de que el suelo bajo sus pies estaba a punto de desvanecerse, que la realidad entera se iba a desvelar como una complicada trampa de la que esta vez no iban a conseguir escapar. Esa impresión se había acrecentado todavía más cuando, tras celebrarse al fin la votación pospuesta por la ausencia de Andras Sula, habían decidido destruir los cuernos encontrados en el subsuelo. Al abrir la estancia sellada donde los habían guardado, habían descubierto que faltaba uno de ellos. Las sospechas de Hector iban encaminadas hacia Astria. Aquel mundo odiaba a Rocavarancolia. Y no le faltaban razones, desde luego. Hector buscó al embajador de Astria con la mirada, pero no consiguió encontrarlo. El diplomático hacía días que había dejado Rocavarancolia, al parecer sus superiores lo habían hecho llamar el día después de que en un rapto de debilidad, de locura o de lo que fuera, le hubiera confesado su verdadero nombre a dama Sedalar.

—El pobre tipo parecía a punto de perder la cabeza —dijo la bruja—. Casi me dio lástima. Casi.

Sí, le había dicho su nombre, “Jano Lasvarán”, y al día siguiente Astria lo había llamado de vuelta a su mundo.

El portal fulguró, interrumpiendo los pensamientos de Hector y una figura se abrió paso a través de las capas de luz temblorosa que lo formaban. Era una ángel negro, una criatura oscura como él. Sus ojos eran verdes, sus alas de un rojo vivo, de murciélago, el pelo tan negro que parecía azulado. Llevaba en brazos un cuerpo envuelto en una túnica y parecía transportarlo como si no pesara absolutamente nada. Tras ella pasó el resto de la Legión de las Calaveras. Y lo primero que vio Hector fueron dos trasgos, dos criaturas nervudas, de bocas inmensas y ojos pequeños. Miraron a su alrededor mientras hablaban entre sí. Hector pensó en Roallen, que en aquella misma plaza había acabado con Ricardo y había estado a punto de matarlo a él. Apretó los puños con fuerza.

La ángel negro se detuvo de pronto, como si la hubieran clavado al suelo. Tenía la vista fija en una de las torres destrozadas de la Plaza del Estandarte; en el pasado se habían levantado cuatro torres allí, edificios enormes, construidos con materiales de los mundos conquistados. Ahora tan solo quedaba una intacta. La mirada de la ángel negro se vidrió. Depositó el cuerpo que cargaba en el suelo y acto seguido echó a volar, ignorando en todo momento a los que habían acudido a recibirla y a los dragones del cielo. Los hermanos Lexel fueron tras ella y Hector tras vacilar un momento, los siguió. Cuando la ángel negro ganó bastante altura se detuvo y miró en torno a ella.

—¿Qué le ha pasado a Rocavarancolia? —preguntó, horrorizada.

—La guerra —contestó un hermano Lexel—. Dos para ser exactos. Una la perdimos. Otra la ganamos. Tanto por la derrota como por la victoria tuvimos que pagar un alto precio.

—Aquí no veo rastro alguno de victoria. Solo escombros y polvo. ¿Dónde están las dragoneras? ¿Dónde está la gloria?

—La estamos recuperando —dijo Hector.

—¿¡Cómo!? —preguntó la ángel negro—. ¿Agachando la cabeza ante esos miserables? —señaló hacia los embajadores—. Os han domado. Os han domesticado. ¡Han puesto un yugo alrededor de vuestro cuello! ¡Deberíamos estar buscando venganza, no permanecer de rodillas ante nuestros verdugos! ¿Es que os habéis vuelto locos?

—No estamos arrodillados ante nadie—dijo Hector. De pronto fue consciente de que Marina estaba junto a él, había llegado volando, envuelta en un sortilegio ingrávido—. Estamos haciendo lo que tenemos que hacer para salir adelante. Y ahora mismo toca ser diplomáticos.

—Por los dioses oscuros… —Marra hizo una mueca—. ¿Diplomacia? ¿Qué somos ahora? ¿Políticos? ¿Tan bajo hemos caído?

—Somos supervivientes —dijo Marina.

Se estaba formando un considerable revuelo alrededor de Marra. Allí estaba también dama Sedalar, volando escoltada por sus sombras. Y muy cerca Andras Sula, montado en su dragón.

—Críos, sois unos críos… —dijo Marra, mirando alternativamente a los cuatro jóvenes que la rodeaban—. ¡Hermanos Lexel! ¿De verdad son estos los que manejan las riendas del reino? ¿Niños?

—No los menosprecies, Marra —dijo el hechicero—. Son los que nos sacaron de la oscuridad. Son los que nos rescataron del olvido. Los que derrotaron a Hurza y Harex y abrieron los caminos que estaban cerrados.

»Son la última cosecha de Denéstor Tul.

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Los cuentos de Rocavarancolia

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