El rey espectro

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Alba se deslizaba por los pasillos silenciosos del castillo. Arioch, el monarca de los espectros de Rocavarancolia, la había convocado a su presencia. La fantasma intentó serenarse. No había ninguna evidencia de que el rey hubiera descubierto la charada en la que vivían inmersos desde hacía meses. La Rocavarancolia que los fantasmas habían conquistado durante la revuelta no era real, era un espejismo, un escenario construido a base de sueños.

Alba no se cruzó con nadie en su camino hasta la sala del trono. El silencio era tan pesado como una losa.

Atravesó las grandes puertas que daban acceso al salón de gobierno de Rocavarancolia. Arioch estaba allí, de espaldas a ella, encarado hacia uno de los ventanales de la estancia, con los brazos cruzados y flotando a unos centímetros del suelo. No pareció ser consciente de la llegada de Alba. Cuando no pudo soportar más aquella quietud, la fantasma habló:

—¿Me habéis mandado llamar, majestad? —preguntó.

El espectro ni se inmutó, continuó mirando por la ventana con una expresión vacía que ella conocía muy bien. La melancolía había hecho presa de la población de la falsa Rocavarancolia; era una epidemia de la que únicamente ella estaba a salvo. Aquella ciudad de sueños y fantasmas era una ciudad triste y desangelada, al igual que sus habitantes.

—¿Majestad? —insistió.

Arioch se giró a medias y le dedicó una sonrisa fugaz que la fantasma no supo cómo interpretar.

—Sí, Alba, te he mandado llamar. —Su voz sonó sin inflexión, carente de sentimiento. No parecía el mismo espectro que había comandado las hordas de fantasmas que se habían abatido sobre Rocavarancolia meses atrás. Era una sombra pálida que había perdido toda traza de pasión—. Gracias por venir.

—¿Ocurre algo, majestad?

—Azar y Corva han desaparecido —dijo con aquella voz neutra—. Han reemprendido su viaje y atravesado el velo. Ya no están. Como Mirra, Sol y Bastet. Como Roma. Como tantos otros. Los fantasmas se liberan de sus cadenas y siguen su camino. Todos mis lugartenientes principales, los más fieles… Se han ido.

Alba asintió e intentó que no se le notara la preocupación que comenzaba a sentir. Sí, muchos fantasmas habían abandonado esa condición y habían trascendido al fin, y ella los había ayudado. Había espíritus cuyas maldiciones eran difíciles de romper; fantasmas condenados por la magia o por las circunstancias en las que habían muerto, pero había otros casos que lo único que necesitaban era alguien con quien hablar, alguien que los escuchara, alguien que los ayudara a encontrar el cierre que necesitaban para continuar adelante. Alba era ese alguien, había descubierto que se le daba bien hacerlo. Y además le gustaba. A la fantasma le sorprendía que hasta aquel momento nadie en Rocavarancolia se hubiera tomado la molestia de preocuparse de verdad por ellos e intentar liberarlos. Pensaba que eso decía mucho del carácter de la ciudad.

—Y todos se fueron justo después de hablar contigo —añadió el monarca. Y tampoco había acusación en su voz, solo desgana y apatía—. ¿Cómo lo haces, Alba? ¿Qué les dices?

—Yo… No les digo nada. Me limito a escuchar. Me cuentan sus vidas, me hablan de sus deseos, de cómo murieron. De lo que les faltaba por hacer, por conseguir…

El monarca asintió despacio. Miró luego a su alrededor. Su vista se fijó en el lugar donde antaño estuvo el Trono Sagrado de Rocavarancolia.

—Yo morí aquí, despedazado por una reina demente —dijo—. Fui rey durante un instante. Un rey ridículo y patético.

—Pero, ¿ese era el objetivo que os habíais propuesto conseguir en la vida, majestad? ¿Eso era lo que de verdad queríais? Ser rey, me refiero, no ridículo ni patético.

Arioch no contestó. Volvió a fijar su atención en la ventana y en la ciudad que se veía a través de ella. Tardó en volver a hablar.

—A veces me detengo aquí y contemplo mi reino —dijo—. Paso horas haciéndolo. Me fijo en la velocidad de las nubes, en la textura de los colores y pigmentos, en las sombras de los edificios… Y me digo: «Hay algo aquí que está mal. Algo no es como debería ser». En ocasiones siento que estoy cerca de averiguarlo, pero por ahora esa revelación siempre se me escabulle entre los dedos. Pero en el fondo… ¿Qué importa lo que esté mal allí fuera? Lo que importa es lo que está mal aquí dentro —y su mano fantasmal se hundió en su propio pecho—. ¿Te resulta extraño lo que digo, Alba?

—No —contestó ella—. Muchos en Rocavarancolia se sienten así.

El rey volvió a mirar por la ventana:

—Alba —dijo al cabo de un rato—. ¿Te importaría volver mañana? Me gustaría contarte mi vida.

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