En Voraz (Final)

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Melcor Basar sonrió sentado en su trono. El rey semidiós de Voraz estaba eufórico. Era día de celebraciones, día de sangre. Sesenta bailarines danzaban en su honor. Las mujeres bailaban enarbolando espadas; los hombres se ofrecían a sus filos, acercándose más y más, invitándolas a usar sus armas con ellos. Cuando la danza llegara a su final, ellas los asesinarían de un rápido tajo en la garganta para luego suicidarse hundiendo las armas en sus propios vientres. Los bailarines llevaban más de un año ensayando aquella pieza. Había sido el propio Melcor Basar quien había diseñado la coreografía. Era una de sus aficiones: convertir la muerte en arte. Estaba orgulloso de aquella obra, por eso la había escogido para celebrar su victoria sobre aquel niñato que decía ser Lan Basar. Se frotó las sienes despacio en un intento de aliviar el leve dolor de cabeza que venía atosigándolo desde los últimos dos días. Ni siquiera aquella jaqueca pertinaz podía ensombrecer su buen humor.

—Tú ya no tendrás problemas de migrañas, niño dios… —murmuró para sí al tiempo que soltaba una risilla ebria—. Niño dios, niño carroña, niño despojo, niño cabeza… ji, ji, ji, ji. —Tomó la copa de vino de su copero, un chiquillo tembloroso y pálido que probablemente también moriría esa noche. Era extraño que los niños sobrevivieran a las fiestas del rey.

Melcor Basar bebió un largo trago, sin importarle en lo más mínimo que el líquido resbalara por su barbilla. Era vino de Landoria, enriquecido con unas gotas de la sangre de los propios vendimiadores. Todo mejoraba con sangre. Todo mejoraba con muerte.

La corte y los sacerdotes de Melcor Basar atestaban la sala. Cada pocos metros se veía a un Guardián de la Fe, armado hasta los dientes. Eran los únicos que no participaban del ambiente festivo, se mantenían firmes en sus puestos, ajenos a la violencia y al salvajismo que poco a poco se iba adueñando de los presentes. En una esquina de la inmensa sala se había desatado una orgía espontánea. Los alaridos de la criada obligada a participar en la misma lo hicieron sonreír. La servidumbre quedaba muy mermada en noches como aquella. Era inevitable.

El rey divino comenzaba a sentir los efectos del alcohol. La vista se le nublaba y las punzadas de su dolor de cabeza iban en aumento. Pero poco le importaba. Ni siquiera le había molestado que los asesinos de Rocavarancolia hubieran declinado su invitación a los fastos en honor a la victoria. En el fondo era comprensible que quisieran mantenerse al margen. Rocavarancolia prefería que no se la vinculara con lo que había ocurrido allí. El chico del fuego y los suyos habían demostrado ser de gran utilidad. Melcor Basar bebió en su honor. Sí, su alianza con Rocavarancolia le sería de mucho provecho, estaba seguro de ello. El baile llegaba a su fin, su ritmo se aceleraba, en el último giro algunos hombres ya resultaron heridos por las armas de sus compañeras, tajos leves, cortes superficiales que anticipaban la masacre.

Cuando esta llegó y la sala se llenó de cadáveres y sangre, el rey aplaudió a rabiar, enfebrecido, enloquecido. La ejecución de los últimos movimientos había sido poesía pura y la entrega de los bailarines, total. ¿Cómo no serlo? No había mayor honor en el reino que sacrificarse en honor al rey de Voraz.

La fiesta se prolongaría hasta bien entrada la madrugada, pero el alcohol comenzaba a hacer mella de verdad en Melcor Basar. Decidió retirarse a sus aposentos. Alzó los brazos para bendecir a los presentes y fue jaleado por estos. Las atrocidades se detuvieron, varios asesinatos quedaron a medio cometer. Los presentes coreaban su nombre y el griterío ocultaba casi por completo los alaridos y los llantos de las víctimas de la fiesta.

—¡Melcor Basar! ¡Melcor Basar! ¡Melcor Basar!

Se tambaleó hacia su habitación, escoltado por doce guardaespaldas y tres Guardianes de la Fe. Reía por lo bajo, feliz y dichoso. Sopesó la idea de llamar a alguna de sus amantes, tenía ganas de probar el nuevo cuchillo ceremonial que le había regalado el sacerdote de Madelín, pero decidió que no era el momento adecuado. No, prefería pasar un momento a solas con el nuevo huésped de su cuarto. Ardía en deseos de volver a verlo. Se lo habían traído aquella misma tarde. Rocavarancolia había cumplido su promesa. Y él cumpliría la suya. Los supervivientes de la Legión de las Calaveras seguían sitiados en Tadar, aunque las tropas locales no habían intentado todavía tomar la fortaleza en la que se habían refugiado. La intervención de Voraz había sido decisiva para evitarlo. Igual que lo sería ahora para que el sitio se levantara y los restos de la legión regresaran a Rocavarancolia. Melcor Basar siempre cumplía sus promesas. Al menos cuando le convenía.

Los precintos mágicos que protegían la puerta a sus aposentos fue retirada, las alertas y salvaguardas se disiparon y Melcor Basar pasó tambaleándose al otro lado. Fue a parar a una estancia lujosa, repleta de ventanas enrejadas y con una amplia terraza. Los doce hombres que lo custodiaban quedaron fuera, firmes ante la puerta, alertas. Los Guardianes de la Fe renovaron los sortilegios de sellado y protección y se retiraron, de regreso a la fiesta.

Melcor Basar saboreó el momento. El triunfo era todavía más gratificante cuando podías contemplar los restos de tus enemigos. Allí, en la mesa octogonal que ocupaba el centro del cuarto, estaban dispuestas ocho cabezas: siete eran humanas, una, de un demonio. Sonrió a la más reciente de sus adquisiciones. La cabeza del niño que había asegurado ser la reencarnación de Lan Basar presidía el siniestro altar.

—¡Oh, mis queridos enemigos, cuánto os debo! —declamó el monarca, con voz engolada y alcohólica—. ¿Qué sería de mí sin vosotros? Os debo mi gloria, mi leyenda. Sin vosotros sería menos de lo que soy, sin duda. Decidme, ¿habéis dado la bienvenida como se merece a vuestro nuevo compañero? Os llamará la atención su corta edad, pero no os confiéis. Tuve con pactar con el mismo infierno para poder derrotarlo. Ah, Rocavarancolia, qué parecidos somos, cuánto de provecho tenemos que sacar todavía unos de otros. Qué prospera alianza será la nuestra.

Se sentó en el borde de su cama y contempló las cabezas de la mesa. Era feliz en su compañía. Todo estaba de nuevo en su lugar, el equilibrio había quedado restablecido. Cayó rendido en el lecho bocarriba, adormecido por el alcohol. Apenas unos segundos después, los ronquidos del rey indicaron que se hallaba sumido en un profundo sopor.

La quietud en las habitaciones de Melcor Basar duró poco. Apenas diez minutos después de que se hubiera quedado dormido, la cabeza del niño dios comenzó a temblar. En un principio fue un tenue vaivén, después una verdadera sacudida. A continuación los ojos del chiquillo se abrieron de par en par. Y la cabeza sonrió, una sonrisa feroz, animal; una sonrisa asesina. De su cuello cercenado brotaron decenas de hilachas blancas, como si estuviera repleta de gusanos de seda que se hubieran vuelto locos de pronto. Las hilachas se fueron anudando unas a otras, se hicieron más y más gruesas. El cuello del que habían salido comenzó a crecer, le nacieron hombros, después codos, los brazos y manos. Una de las cabezas estuvo a punto de rodar fuera del altar, pero la criatura que se estaba gestando entre ellas fue lo bastante rápida para atraparla antes de que cayera. Dos minutos después de que el monarca de Voraz hubiera quedado noqueado por el alcohol, un segundo Melcor Basar se irguió en la estancia. El doble del rey se acercó despacio a la cama. Medía sus pasos, los saboreaba. El falso monarca llevaba puestas las mismas galas que el verdadero, aunque las suyas no estaban sucias de vino y sangre. No eran ropajes lo que vestía, sino su propia pellejo imitando ropa.

Tifón contempló al durmiente al mismo tiempo que extraía de su garganta el fino estilete que había escondido allí.

—Siempre he querido saber qué se siente al asesinar a un dios —susurró al dormido. A continuación, con un movimiento experto, hundió el estilete en el oído derecho del rey. La respiración de este cesó al momento, a medio ronquido. Tifón se incorporó y contempló con ojo clínico el arma sucia de sangre y cerebro—. Y no he sentido nada que no haya sentido antes. Muerte es muerte, seas un dios o un plebeyo.

Tifón se acercó a la puerta de la terraza. Estaba algo mareado y le costaba dominar sus pensamientos. Todavía no se había acostumbrado a lo que le había hecho la bruja mental. Una curiosa habilidad, por cierto. En los dos últimos días, dama Estío había cartografiado la mente de Melcor Basar, había copiado todos sus recuerdos, toda su memoria, todo lo que lo convertía en lo que era, y, a continuación, lo había trasladado en bloque a Tifón. El Señor de los Asesinos de Rocavarancolia había creado un compartimiento especial para la memoria robada del rey. Allí estaba todo lo que necesitaba saber para que la sustitución fuera perfecta. Como, por ejemplo, la forma de desactivar el hechizo de seguridad que pendía sobre la puerta de la terraza. Entonó el cántico de apagado al tiempo que hacía los gestos pertinentes. Su voz era idéntica a la del verdadero rey.

La puerta se abrió en silencio. La noche era fría, pero lo que entró en la habitación caldeó el ambiente al momento. Andras Sula caminaba por el aire, sus pies estaban envueltos en fuego y sus ojos centelleaban. Miró hacia el cadáver de la cama y asintió, satisfecho.

—Está hecho —dijo.

—Está hecho —corroboró el Señor de los Asesinos de Rocavarancolia al tiempo que realizaba una corta reverencia.

El piromante extendió la mano hacia al cadáver y este se consumió envuelto en fuego blanco. Durante un segundo lo que yació en la cama fue una estatua de cenizas, una reproducción perfecta del fallecido. Al instante siguiente, la ceniza volvió a arder y no quedó nada más que polvo en el aire que no tardó en desaparecer. Andras Sula cerró con fuerza el puño y lo contempló con expresión ausente. El fuego pedía más fuego, el incendio quería más incendios. Pero tenía que contenerse. Estas eran las guerras que libraba ahora Rocavarancolia: guerras sutiles, minúsculas, guerras a traición.

Se dirigió a Tifón sin mirarlo en ningún momento.

—Durante un tiempo tendrás que ser igual de cruel que el verdadero Melcor Basar, no puedes levantar sospechas. ¿Te supondrá algún problema hacerlo?

—En absoluto —dijo Tifón. Y sonrió.

El plan era desmantelar aquel mundo siniestro desde dentro, ir cambiando las cosas de manera paulatina, lentamente, sin levantar sospechas. Iba a ser un trabajo sutil, quirúrgico, pero Tifón estaba deseando llevarlo a cabo. Mucha gente tendría que morir para convertir a Voraz en un mundo de paz. Había sacerdotes que no verían con buenos ojos que Melcor Basar se suavizara, que comenzara a pensar en los más desfavorecidos y se olvidara del camino de la fe sangrienta que había profesado Voraz desde hacía siglos. Muchos habían medrado en la crueldad y el despropósito y no permitirían que las cosas cambiaran así como así. Él estaría encantado de matarlos. Todo por el bien común, por supuesto.

—Dime, Andras, ¿me echarás de menos mientras permanezco en este reino?

El piromante ni siquiera se dignó a contestar.

—Tenemos que ser cuidadosos al extremo, te lo recuerdo. Cíñete al plan. No improvises y nunca, nunca, ni por el menor motivo, cambies de aspecto. Nos estamos jugando mucho. Rocavarancolia estará perdida si la Alianza de Mundos tiene la menor sospecha de lo que estamos haciendo aquí. Cubre bien tus espaldas.

—Lo haré, tenlo por seguro. Aunque estaría mucho más tranquilo si Lan Basar y su madre estuvieran de verdad muertos, eres consciente de ello, ¿verdad?

—Verdad —admitió Andras Sula. A él tampoco le gustaba esa parte del plan. Dejarlos vivos era un error que esperaba que no tuvieran que pagar. Habían sido advertidos de lo que sucedería si volvían a dar señales de vida—. Ya sabes lo que dictaminó el consejo: Rocavarancolia no mata niños.

—No, niños no. —Y dirigió una mirada significativa a la cama donde unos minutos antes había dormido el rey de Voraz. Se echó a reír—. Creo que se nos escapa el verdadero alcance de lo que hemos hecho esta noche. ¿Sabes lo que implica esto? ¿Sabes lo que hemos conseguido asesinando al líder loco de este mundo y sustituyéndolo?

Andras Sula asintió. Era muy consciente de ello.

—Claro que lo sé: hemos conquistado Voraz.

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Los cuentos de Rocavarancolia

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One comment on “En Voraz (Final)

  1. Bray

    Leer esto fue un placer. Degusté cada frase y cada palabra. Fantástico! Muchas gracias.

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