En Voraz (II)

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El rey semidiós de Voraz, Melcor Basar, se reclinó en su trono y estudió a los enviados de Rocavarancolia con curiosidad. Eran apenas unos críos, pero no pensaba cometer el error de subestimarlos. Sabía muy bien de lo que eran capaces.

Eran cuatro. Tres varones y una mujer. Allí estaba el joven que lo había abordado un año antes en aquella misma sala: el muchacho al que le gustaba jugar con fuego. Él era el líder del grupo, eso era indudable. A su izquierda se alzaba un guerrero enorme, tan voluminoso que empequeñecía al mayor de los treinta Guardianes de Fe que protegían al monarca en aquel momento; su nombre era Roto, y había aparecido vestido con una armadura negra repleta de runas rojas. A la derecha del piromante estaba la chica, cubierta de pies a cabeza con una túnica azul cielo; se la habían presentado en primer lugar, pero había olvidado su nombre al instante. El cuarto miembro de la comitiva era un joven moreno de tez cobriza y nariz aguileña, vestido de negro y blanco. Melcor Basar tampoco recordaba su nombre; de hecho lo había tomado por un mero sirviente y no le había prestado la menor atención. Pero su interés por él había ido en aumento conforme avanzaba el encuentro. De cuando en cuando asomaba a sus ojos oscuros un brillo truculento, enfermizo, que hablaba a las claras de un alma tan corrupta como indómita. Melcor Basar supo, sin ningún género de dudas, que de los cuatro emisarios que Rocavarancolia había enviado a Voraz aquel era el más peligroso.

—Las provincias del sur están soliviantadas y han puesto a Voraz al borde de una guerra civil —les explicó el monarca, tras el intercambio inicial de saludos y formalidades vacías—. La culpa es de un maldito crío, de un niño de apenas ocho años. Asegura ser la reencarnación de Lank Basar, el primer rey divino; dice que ha regresado de entre los muertos para acabar con mi tiranía. Exige el trono, exige la corona y exige mi cabeza. El niño está en Armanacja, el recinto sagrado, custodiado por un ejército de traidores que crece en número día a día. He mandado tropas para intentar controlar la situación, pero da igual lo fuerte que golpee, da igual a cuantos mate, esos malditos herejes no hacen otra cosa que multiplicarse. Son una plaga. —No creyó oportuno comentar que muchas de las tropas que había enviado a sofocar la rebelión se habían unido a la causa enemiga.

Andras Sula sonrió y, antes de hablar, ejecutó una mínima reverencia.

—Con todo respeto, su divinidad —comenzó—. No puedo creerme que alguien con sus recursos no haya conseguido infiltrar a uno de sus asesinos en esa ciudad para acabar con el chaval.

—Está muy bien protegido, más de lo que puedes imaginar, brujo —contestó el rey—. Y aun así estás en lo cierto: no me costaría mucho eliminarlo. Tengo medios para hacerlo. Pero eso no solucionaría el problema. Al contrario. Lo único que conseguiría asesinándolo sería convertirlo en símbolo, en estandarte de la rebelión. En mártir. Y lo malo de los mártires es que no puedes matarlos una segunda vez.

—¿Y pretende que lo matemos nosotros? —preguntó el chico de los ojos oscuros. Sacudió la cabeza—. ¿En qué cambiaría eso la situación? El niño seguirá siendo un mártir, ya sea tu cuchillo o el nuestro el que le abra la garganta.

—Antes de matarlo necesito que lo desenmascaréis, necesito que todos los que lo rodean sepan que es un fraude. —Se dirigió a Andras Sula—. ¿Recuerdas lo que me aseguraste en esta misma sala hace un año, brujo de fuego? Afirmaste que los tuyos son capaces de sondear pensamientos, de escarbar en los sueños. Prometiste poner esas dotes al servicio de Voraz a cambio de nuestra amistad. Ha llegado la hora de cumplir tu palabra. Desenmascara a ese cerdo. Que quede claro que no hay nada de divino en él. Y después traedme su cabeza. A cambio salvaré a los vuestros.

—La cabeza de un niño —murmuró la joven. Por su tono de voz quedaba claro lo mucho que le repugnaba su petición.

—Eso es, muchachita. Quiero su maldita cabeza. —Melcor Basar sonrió—. La colocaré en mi mesilla de noche para que sea lo primero que vea por la mañana al despertar. Y cuando se pudra, la vaciaré y me haré una escupidera con ella. ¿Te escandalizo?

—No —contestó ella, aunque era evidente que sí lo estaba, por mucho que intentara disimularlo—. Me preocupa lo que puede suceder si llega a oídos de la Alianza la naturaleza de nuestro acuerdo. Nos vigilan de cerca y no podemos arriesgarnos a cometer ningún error.

—Sed discretos entonces —le sugirió el rey—. Nosotros lo seremos, os lo garantizo. Tengo que confesar que la política de los veinte mundos no es tampoco plato de mi agrado; son una panda de mojigatos que rehúyen el verdadero poder, que desprecian lo que se puede conseguir con las herramientas adecuadas. Creo que muy pronto llegará la hora de cambiar las cosas. Y cuando eso ocurra será conveniente tener muy claro quién se sienta a tu lado y lo que es capaz de hacer por ti llegada la ocasión.

—No es la nueva Rocavarancolia la que te interesa tener como aliado —dijo el joven de los ojos oscuros—. Es la antigua, ¿no es así? La que es capaz de asesinar a un niño.

—Veo que nos vamos comprendiendo. —Sí. Aquel joven le gustaba. Cada vez le recordaba más a sí mismo. Y comprendió que a pesar de lo que el propio piromante podía pensar, Andras Sula no era el verdadero líder de aquel grupo—. Disculpa, he olvidado tu nombre, ¿podrías recordármelo?

—Darío, su divina gracia —contestó. Y en su sonrisa había la misma proporción de burla que de desafío—. Me llamo Darío.

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