En Voraz (III)

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El camino que ascendía hasta Armanacja estaba sembrado de cadáveres. De las ramas de los árboles pendían hombres y mujeres, niños y ancianos. Los asesinos no habían hecho distinción alguna: si tenía cuello podían colgarlo. Había hasta animales. La escarcha y el polvo de nieve los cubría por entero.

—Esto no es obra de Melcor Basar —dijo Roto desde su montura—. Por lo visto el crío divino que pretende sustituirlo es tan sanguinario como él.

—¿Te extraña? —le preguntó dama Estío—. En este mundo están todos locos.

Iban montados en cuatro bisontes grises. El que cargaba con Roto era enorme, un verdadero coloso que empequeñecía a sus congéneres. Dama Estío marchaba junto a él, su montura era bastante más pequeña, casi una cría. Andras Sula abría la marcha y la cerraba Tifón y un quinto bisonte cargado hasta los topes con las pocas provisiones que les quedaban, la ropa de viaje y las tiendas de acampada. El cambiante continuaba siendo el joven de tez broncínea y ojos oscuros, no había adoptado otra forma desde que habían llegado a Voraz una semana atrás. Llevaban cinco días de viaje por aquellos caminos enfangados, sufriendo las inclemencias del invierno voracino. Se suponía que solo les iba a costar dos días salvar la distancia que separaba Tungarada, la última población fiel a Melcor Basar, del bastión de los rebeldes, pero el clima los había retrasado considerablemente.

La temperatura era cada vez más gélida y el viento traía consigo la promesa de una nevada inminente. Andras Sula maldijo en voz baja. Odiaba el frío, odiaba la nieve. Odiaba a la bestia estúpida que montaba, echaba de menos a su dragón y estaba harto de no poder recurrir a la magia. Se habían obligado a no usarla en su viaje: eran simples peregrinos de camino a Armanacja y por su bien debían ceñirse a ese papel. Dama Estío había detectado la presencia de hombres vigilándolos desde el primer día de marcha. No podían descuidarse ni un segundo. Y menos ahora que por fin tenían a la vista los muros de Armanacja. Era una villa amurallada, una pequeña población que había crecido alrededor de una de las siete pirámides sagradas de Voraz.

Las murallas se levantaban a más de diez metros de altura y en sus almenas se veía un constante ir y venir de centinelas armados hasta los dientes. De lo alto de los gruesos muros también colgaban cadáveres, los había a cientos. La puerta del recinto, un monstruoso engendro de hierro forjado, estaba abierta de par en par y una considerable multitud confluía hacia ella, rumbo al interior de la villa. Los cuatro viajeros se unieron al caudal de gente y no tardaron en traspasar los muros. El lugar estaba atestado de humanidad, tanto que era complicado avanzar. Se respiraba allí un indudable ambiente festivo, como si hubieran llegado en pleno festival. Por todas partes se veían soldados armados. Condujeron los bisontes como bien pudieron a una zona de cuadras donde les cobraron una verdadera fortuna por dejarlos allí. Había música por todas partes, gente aporreando tambores, flautistas, bardos con algo parecido a laudes…

—¡Eh! —les espetó uno de los viandantes mientras señalaba a dama Estío—. ¡Os compro a vuestra puta! ¿Cuánto pedís por ella?

Tifón se giró hacia él y le ofreció una de sus sonrisas más brutales.

—Tu hígado y tus testículos —le dijo mientras desenvainaba a medias la hoja de su espada.

El hombre palideció, se giró y se dio a la fuga. Tifón lo observó desaparecer entre la multitud. Decidió matarlo más tarde.

La pirámide sagrada estaba en el centro de la villa. Era escalonada, de grandes sillares pardos. Una escalera conducía hasta su cúspide con una terraza ceremonial a media altura. Buena parte de la muchedumbre se repartía en torno a las grandes hogueras diseminadas por el descampado que rodeaba a la pirámide. Se acercaron a una de ellas, atentos a las conversaciones que se desarrollaban cerca. Por lo visto no faltaba mucho para que el niño dios hablara a sus fieles, al parecer lo hacía siempre dos veces al día. El lenguaje no era ninguna barrera para ellos, un hechizo de logomancia los había familiarizado con todos los idiomas y dialectos menores de Voraz; los hablaban, de hecho, como verdaderos nativos. No tuvieron que esperar mucho.

Sonó un fuerte golpe de gong y un silencio absoluto se cernió como un manto pesado sobre todos los presentes. Todo el mundo miraba ahora hacia la pirámide. Las puertas de madera situadas en la terraza se abrieron despacio, muy despacio. Un nutrido grupo de soldados armados salió al exterior, llevaban armaduras negras, con una media luna partida en dos en el centro de la coraza. A los hombres armados les siguió una pareja entrada en años; él era un hombre enclenque, de barba blanca y ojos burlones; la mujer avanzaba orgullosa cogida de su brazo y contemplaba a la multitud como si se hubieran reunido allí para honrarla a ella. Ambos vestían con túnicas de un azul eléctrico.

El niño fue el último en salir. Era gordo y calvo, de ojos enormes, y estaba tan envuelto en ropa que parecía casi esférico. Más que andar daba la impresión de avanzar rodando. La multitud rugió al verlo aparecer. Un grito idéntico emergió de todas y cada una de las gargantas. Era como si la ciudad entera estuviera gritando.

—¡Lank Basar! ¡Lank Basar! ¡Lank Basar! ¡Lank Basar! ¡LANK BASAR!

Dama Estío aprovechó el escándalo para comunicarse mentalmente con sus tres compañeros, al tiempo que se limpiaba la sangre que había comenzado a brotar de su fosa nasal izquierda.

«Va a ser muy complicado desenmascararlo como nos pidió Melcor Basar», les dijo. «Porque resulta que ese niñito es de verdad quien dice ser: es el primer rey de Voraz reencarnado».

—Y lo de cortarle la cabeza va a estar difícil también —murmuró Tifón, en voz muy baja—. ¿Os habéis fijado? Ese crío apenas tiene cuello…

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