En Voraz (IV)

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—¡Lank Basar! ¡Lank Basar! ¡Lank Basar! —aullaba la multitud hacinada alrededor de la pirámide de Armanacja.

El frenesí de costumbre comenzó a extenderse entre muchos de los presentes. Alzaban los brazos y los sacudían mientras se inclinaban y saltaban en un baile convulso que parecía concebido para quebrarles el espinazo. Ellos, como en los cuatro días precedentes, permanecieron inmóviles, bastante retirados de las primeras filas donde la agitación era mayor. El primer día, Andras Sula había temido que su falta de entusiasmo pudiera delatarlos, pero se había negado en redondo a participar en aquella pantomima. Por suerte, había muchos creyentes que vivían su fe de una manera menos grotesca.

Dádiva Larán, la madre del niño dios, alzó los brazos en un gesto imperioso y un tanto ridículo y el silencio cayó sobre el mundo como un telón de hielo. Todas la contemplaban, expectantes. Y aunque ya nadie gritaba, los labios de los fieles seguían perfilando el nombre del niño al que adoraban. La mujer paseó la mirada sobre la multitud y tras una ligera sonrisa de complacencia comenzó a hablar:

—¡Que el pastor de soles os ilumine con su sabiduría! —exclamó—. ¡Que el veneno de la noche eluda vuestra sombra! ¡Hoy hace seis ciclos que comenzamos la lucha! ¡Hoy estamos más cerca que nunca de hacer caer al tirano que profana el trono de Voraz! ¡Que muera Melcor Basar!

—¡Que muera! ¡Que muera! —coreó la multitud.

—¿En serio que no podemos dejar que se maten entre ellos? —preguntó Tifón, cruzado de brazos. Habló lo bastante bajo para que su voz solo se oyera dentro del grupo, pero se ganó una mirada de severa reprobación por parte de Andras Sula. El Señor de los Asesinos de Rocavarancolia se encogió de hombros—. Te estás volviendo un amargado, Andras. Deberías relajarte un poco. Aunque no lo parezca estos pazguatos saben cómo divertirse. A noche asistí a una orgía la mar de concurrida…

—Cállate —le espetó dama Estío. Lo único que se veía de la bruja eran sus ojos, el resto de su rostro estaba cubierto por un complicado velo negro con el que buscaba ocultar la sangre que salpicaba su cara. El dolor era tremendo. En aquel momento estaba centrada en el padre de Lank Basar, un hombre mediocre, un títere en manos de su mujer y los sacerdotes.

La madre del niño de dios se retiró. Y la multitud se exaltó todavía más cuando este se adelantó un paso para ocupar su lugar. La cara de Lank Basar tenía forma de luna llena.

—Hijos míos, hoy es un día propicio. —Su voz era ridícula, la voz aflautada de un niño con problemas de garganta—. Hoy nos han llegado buenas noticias del este, noticias excelentes: Tungarada ha rendido su bandera. —Andras Sula frunció el entrecejo. Tungarada era la población desde la que habían partido casi dos semanas atrás—. Su fidelidad es nuestra. Los herejes que formaban su consejo han sido despellejados y ahora cuelgan de la plaza para escarmiento de todo aquel que rinde culto al falso dios. Tungarada corea nuestro nombre del mismo modo en el que pronto lo coreará Voraz entero. Os traigo la liberación, hijos míos. Os traigo el paraíso en la tierra.

»Pero que las buenas nuevas no nos vuelvan confiados. Hoy estamos más cerca de la victoria que ayer, es cierto, pero todavía queda mucho por hacer y nuestro enemigo es astuto. Melcor Basar mueve sus piezas en la oscuridad, como el cobarde y la alimaña que es. —El niño guardó un instante de silencio. Su rostro parecía iluminado por una fuerte luz interior, un resplandor nacarado que le confería todavía más aspecto de luna llena—. Hay enviados del maligno entre nosotros —anunció—. Ahora mismo, aquí, hay hombres de Melcor Basar que conspiran contra mí, contra vosotros. Han bebido nuestro vino y compartido nuestros alimentos. Han emponzoñado el aire con sus repugnantes exhalaciones y mancillado el suelo sagrado de este recinto con sus pasos. Es hora de que paguen. Es hora de que mueran.

Andras Sula se tensó. Cerró los puños e invocó al fuego. La temperatura de su piel comenzó a ascender y un resplandor rojizo se asomó en su mirada. Notó una mano en el antebrazo.

—No se refiere a nosotros —le dijo Roto y el piromante se relajó al instante.

—¡Traedlos! —ordenó Lank Basar, el niño dios, mientras señalaba a un punto en concreto de la multitud. El gentío se abrió y dejó paso a varios hombres armados que custodiaban a cinco prisioneros: dos hombres y tres mujeres, con aspecto pálido y demacrado. Todos tenían moratones y heridas recientes—. Helos aquí —anunció el niño—. Aparecieron de madrugada hace dos días, se infiltraron entre los nuestros con el afán de llegar hasta mí y atentar contra mi sagrada forma… ¿De verdad creíais que ibais a pasar inadvertidos? ¿De verdad pensabais que podrías llevar a cabo vuestros planes?

El gentío que rodeaba a la escolta y a los prisioneros contemplaba a estos últimos con rabia, con un odio más allá de la cordura. Y con una expectación que solo se podía calificar como homicida. Habían dejado de ser hombres, eran fieras al acecho de sus presas.

—Son inocentes —susurró dama Estío—. No tienen nada que ver con Melcor Basar, solo querían ver al nuevo dios de cerca. Pero a ese niño repelente le gusta dar un buen espectáculo sangriento de cuando en cuando.

—Qué simpático canalla —murmuró Tifón.

—¡Hijos míos! —El niño alzó los brazos—. ¡Sed vosotros mi mano ejecutora! ¡Vosotros que sois mi mejor espada y mi mejor escudo! ¡Defendedme del odio ciego de mis enemigos y yo os defenderé de la oscuridad de los tiempos! ¡Despedazadlos! ¡Acabad con ellos!

La multitud se abalanzó sobre los prisioneros al momento. Una marea de odio se cerró a su alrededor convertida en una turbamulta furiosa que golpeaba, arañaba y daba dentelladas. Los alaridos de los cautivos y los golpes duraron poco. Cuando la muchedumbre se retiró, apenas dos minutos después, los restos que quedaron a la vista en el suelo ensangrentado poco tenían de humanos.

Las primeras filas comenzaron a cantar y bailar de nuevo, más exaltados si cabía, como si la matanza les hubiera enardecido todavía más. Andras Sula contuvo una mueca de asco. Voraz era un mundo asesino, un mundo de canallas. Todo allí era atrocidad y salvajismo.

—Tengo lo que necesitamos —anunció de pronto dama Estío. Y acto seguido comenzó a tambalearse, fatigada. Roto la sujetó de la cintura y evitó que cayera. Ella lo miró agradecida—. Estoy preparada —anunció, mirando fijamente a Andras Sula.

—Vamos, salgamos de aquí —dijo el piromante—. Hay mucho que hacer y cuanto antes nos pongamos a ello, antes regresaremos a casa.

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