En Voraz (V)

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Dádiva Larán, la madre de Lank Basar, corría por su vida. La noche a sus espaldas estaba poblada de gritos y llamas, de carreras y alaridos. Los pendones del rey hereje volvían a colgar de los muros de Armanacja; la mayor parte de los hombres y mujeres que habían adorado a su hijo solo unos días atrás los perseguían ahora con la intención de despedazarlos, de igual modo que habían despedazado al padre del niño dios. Querían ganarse el perdón de Melcor Basar acabando con sus enemigos.

La reencarnación de Lank Basar corría también, con el rostro congestionado y los ojos muy abiertos. Y aunque él tampoco comprendía qué era lo que había sucedido, tenía muy clara la identidad del culpable: Melcor Basar. El rey hereje lo había vencido, lo había derrotado y ahora no le quedaba más remedio que huir a la desesperada como si no fuera más que un animal salvaje. Madre e hijo atravesaban un bosque nevado, escoltados por dos sacerdotes y siete hombres de armas que habían jurado dar la vida por ellos.

—No… puedo… más… —murmuró Dádiva, deteniéndose en seco. La mujer cayó de rodillas sobre la nieve. Se llevó la mano al pecho. Hacía tanto frío que dolía respirar. Cada vez que inhalaba aire sentía una puñalada gélida en los pulmones.

Osort, el supremo sacerdote de Lank Basar, hizo un gesto a la comitiva y se acuclilló junto a la madre del dios.

—No podemos detenernos, Su Gracia —le dijo—. Los tenemos encima y acabarán con nosotros si nos dan alcance. Esa chusma no mostrará piedad. —Señaló hacia delante, hacia la espesura siniestra—. Estamos muy cerca de las ruinas de la fortaleza de Asba; allí hay un pasaje oculto, conocido por muy pocos, que conduce hasta los túneles que excavaron los antiguos hace siglos. Si llegamos a ellos, conseguiremos ponernos a salvo…

Dádiva asintió e hizo un supremo esfuerzo para incorporarse. No lo consiguió.

—Dejadla aquí —ordenó su hijo—. Esos chacales se entretendrán con ella y nos dará tiempo a escapar.

La mujer lo miró espantada. Y encontró fuerzas para levantarse. Reanudó la marcha. Cada paso era una agonía.

¿Cómo había sucedido? Hacía solo unos días todos se arrodillaban ante la presencia de su hijo, adoraban su sombra y besaban la tierra que pisaba… Ahora querían su muerte. Primero habían sido los rumores, insidiosos y continuos. Lank Basar no era quien decía ser, aseguraban, era una mentira, una falsedad, era un ser oscuro llegado del inframundo con la intención de someter al pueblo de Voraz. Hasta llegaban a asegurar que Dádiva había copulado con una bestia negra, de osamenta roja, para concebir al engendro que fingía ser la reencarnación de Lank Basar. Habían intentado acallar esas maledicencias, pero había resultado imposible localizar a los que las habían originado. Las habladurías llegaban de todas partes, había mil voces diferentes socavando la credibilidad del dios renacido. Pero lo que más le sorprendía a Dádiva era que había parte de verdad en esos rumores. Sí, había existido una bestia negra, un antiguo sacerdote que había sido rozado por la divinidad y se había convertido un ser mitad humano mitad bestia. Y sí, había sido su simiente la que había engendrado al dios en sus entrañas.

Los rumores se habían alimentado a sí mismos. Habían crecido, incontenibles, irrefrenables… Las ejecuciones se habían multiplicado, pero con eso no habían conseguido más que acrecentar las habladurías. Varios oriundos de Omiar, la región donde Dádiva y su esposo habían vivido en los últimos años, la región donde Lank Basar había nacido, aseguraron haber visto a una criatura semejante a la que se describía.

—Era un demonio —dijo un sastre de Omiar que perdería la cabeza al día siguiente por extender los rumores—. Un demonio surgido de las pozas del infierno. Yo no lo vi, pero oí decir que un espanto semejante fue visto durante varias noches rondando el barrio de la Madreperla. ¿Y a qué no sabéis quiénes vivían por esa zona en aquella época?

—Sí, sí, sí. Lo vi con mis propios ojos —aseguró un médico de la misma región que sería ejecutado poco después—. Encontraron muerta a una bestia muy parecida a la que describen, ahogada en el río Ton Omiar. Nunca habíamos visto nada parecido… Y oídme, oídme: la encontraron la misma noche en la que nació Lank Basar. Si es que ese niño es de verdad Lank Basar…

Aquello también era cierto. El sacerdote bestia que había preñado a Dádiva se había dado muerte a sí mismo una vez nació el dios. Su misión ya había terminado y pudo descansar al fin de la pesada carga de la mortalidad.

Luego había sucedido lo impensable. Al parecer uno de los sacerdotes principales de Lank Basar se había reunido en secreto con miembros de la Guardia Sacra y había confesado que los rumores eran ciertos. No había parado ahí la cosa. El sacerdote había confesado con todo lujo de detalles el pasado de meretriz de Dádiva Larán en los Puertos Blancos de Celdonia. Y aquello también era verdad. Durante muchos años, Dádiva había ejercido la prostitución en los jardines de los puertos. Pero, como era del gusto de los celdonios, Dádiva había llevado siempre puesta una máscara. Era imposible que el sacerdote la hubiera visto. Nadie conocía su pasado. Solo ella y había procurado olvidarlo.

Y tras lo impensable, llegó lo imposible. Su esposo, su propio esposo, les había dado el golpe de gracia. Los ánimos estaban bastantes alterados ya en Armanacja. Se hablaba de revuelta, de rebelión… Muchos habían abandonado ya el recinto sagrado. Había peleas por doquier y el clima era de una tensión absoluta. Y de pronto él, su esposo, había aparecido ante una muchedumbre enardecida por las últimas ejecuciones. Llegó a ellos compungido, con los brazos alzados y el rostro descompuesto.

—¡Que Melcor Basar nos perdone! —había gritado mientras se desgarraba la túnica que vestía—. ¡Hemos criado a un monstruo! ¡Nada es cierto! ¡Todo es mentira! ¡Salvad vuestras almas ahora que todavía podéis! ¡Que Melcor Basar nos perdone por lo que hemos hecho!

Su marido se había escabullido antes de que una multitud rabiosa pudiera atraparlo. Pero no había conseguido escapar cuando lo localizaron de nuevo, completamente borracho en el interior de una chabola. Habían acabado con él del mismo modo en que antes habían terminado con tantos otros desdichados.

A partir de ese punto había sido complicado detener la revuelta. Todo había ido a más. La Guardia Sacra, los principales valedores de Lank Basar, se habían alineado con la turba y habían ordenado que se diera muerte a Dádiva y a sus sacerdotes y se apresara al falso dios. Ese había sido el final. Lo único que habían podido hacer era huir.

Y por los sonidos de pasos y armas que se aproximaban, la huida estaba a punto de acabar.

—¡No lo conseguiremos! —exclamó Lank Basar, con su ridícula voz de niño—. ¡Se nos echarán encima antes de que lleguemos a las ruinas!

—¡Vosotros! —Osort, el supremo sacerdote, hizo un gesto imperioso a los hombres armados que los acompañaban—. ¡Intentad contenerlos! ¡Conseguidnos todo el tiempo que podáis! ¡Tenemos que poner a salvo al dios!

Los siete soldados acataron la orden en silencio, sabedores de que esta representaba su muerte. Desenvainaron sus armas y se encararon hacia el sendero del que llegaba cada vez más diáfano el sonido de sus perseguidores.

—¡Vamos! ¡Vamos! —urgió el sacerdote a Lank Basar y su madre.

El último tramo fue el peor. Corrían desesperados, intentando no prestar atención al sonido del entrechocar de armas que pronto se inició a sus espaldas. El bosque parecía un ser vivo que creciera malévolo a su alrededor, un monstruo lleno de ramajes que pretendía estrangularlos. Y de pronto, Dádiva se encontró corriendo entre las columnas de la antigua fortaleza. La mujer sintió tal alivio que comenzó a reír, histérica. Osort abría el camino, con el segundo sacerdote muy cerca. Las ruinas se sucedían, cubiertas de hielo y nieve.

—¡Por aquí! —indicó el sacerdote mientras se adentraba en lo que parecía ser un patio de armas. Los muros que lo rodeaban estaban prácticamente derruidos, y en el centro se elevaba una estatua sin cabeza de un tamaño considerable. Osort se detuvo ante su pedestal y activó un mecanismo oculto en la piedra. Parte de la plataforma se deslizó hacia dentro, dejando ver una abertura oscura— ¡Corred! —ordenó—. ¡Estaremos a salvo aquí!

Obedecieron. No había tiempo que perder. El ruido de armas había dejado de oírse y sus perseguidores no tardarían en aparecer. Lank Basar se adentró en el túnel, gimiendo como un niño muy poco divino. Tras él fue su madre. La mujer respiró hondo. Tenía lágrimas en los ojos y las manos alzadas ante el rostro, como si pretendiera ocultarlo en cualquier momento entre sus palmas. Los dos sacerdotes entraron tras ella. Las tinieblas que imperaban en el lugar se hicieron totales cuando Osort selló la entrada. La oscuridad era completa, una negrura casi solida. Su hijo, el divino Lank Basar, jadeaba a poca distancia. Escuchaba su resuello asfixiado. Dádiva se echó a reír. No podía creer que lo hubieran conseguido, no podía creer que hubieran escapado con vida de todo aquello.

De pronto se hizo la luz. Fue de modo súbito. Dádiva parpadeó, deslumbrada. Estaban en una galería de piedra y varias antorchas se habían encendido a un mismo tiempo en los pebeteros atornillados a la roca. Allí, al fondo de la galería, había un joven rubio, vestido de rojo y negro. Tenía una mano alzada ante el rostro y estaba rodeada de llamas.

Lank Basar retrocedió un paso.

—¿Qué es esto? —preguntó—. ¿Quién eres?

—El fuego —contestó el muchacho.

Justo en ese instante un extraño sonido a su espalda hizo que Dádiva se girara, asustada. Fue un golpe seco, seguido de un súbito barboteo. Se dio la vuelta a tiempo de ver como el sacerdote que acompañaba a Osort se derrumbaba, desmayado o quizá muerto.

—¡No! —exclamó la madre del niño dios. Era una trampa.

Osort sonrió. De los pliegues de su capa extrajo un gran cuchillo curvo. Dio un paso al frente, despacio. Y mientras lo daba dejó de ser Osort para transformarse en un muñeco blanco, hecho de cuerdas mal reatadas. Y cuando dio el siguiente paso adoptó otra forma diferente: la del sacerdote que había hablado de sus tiempos de puta en los Puertos Blancos. Y un segundo después se convirtió en su propio esposo:

—¿Adivinad qué viene ahora, Su Gracia? —preguntó mientras alzaba el cuchillo y sonreía.

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2 comments on “En Voraz (V)

  1. Bray

    Brillante! Después de leer El Ciclo de la Luna Roja estoy volviendo a disfrutar de Rocavancolia y sus historias como un niño con juguete nuevo. Gracias al autor, mil gracias. Enhorabuena!

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