En Voraz (I)

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Angril, el cadáver viviente que Voraz había enviado como embajador a Rocavarancolia, solicitó audiencia al consejo del reino. No usó el cauce habitual para ello. Se lo pidió a dama Desgarro, después de abordarla de improviso en el Panteón Real. Surgió de las sombras de pronto, como si uno de los nichos del mausoleo hubiera escupido su contenido. Iba sin escolta y desde un primer momento dejó claro que la reunión que pedía debía ser confidencial.

—Los asuntos que quiero tratar en ella no interesan en nada al resto de delegados de la Alianza. Solo nos incumben a Voraz y a Rocavarancolia. —Angril hablaba muy despacio, como si masticara las palabras antes de pronunciarlas

—Hablaré con los míos, Angril —le contestó dama Desgarro—. Y te haré llegar nuestra respuesta a la mayor brevedad posible.

El embajador le dedicó su sonrisa de calavera y volvió a fundirse con las tinieblas.

La reunión quedó fijada para esa misma medianoche en el castillo. Tanto el consejo como el embajador fueron puntuales. Angril acudió de nuevo solo, sin sus siete hechiceros.

—¿A qué se debe tanto secretismo, embajador? —le preguntó uno de los hermanos Lexel. Era él quien ocupaba la cabecera de la mesa aquella noche. La dirección del consejo era un cargo rotatorio que variaba de reunión en reunión.

—En Voraz somos discretos por naturaleza, Lexel. Y en todo lo relacionado con Rocavarancolia lo somos todavía más. —Recorrió con la mirada a los miembros del consejo. En sus ojos había un matiz hambriento, como si se estuviera preguntando cuál sería el sabor de cada una de las criaturas sentadas a la mesa—. Como bien sabéis, la primera reunión de la Alianza para evaluar los informes de la delegación de observadores está fijada para dentro de un mes. Os puedo adelantar que el nuestro será positivo en grado sumo. Alabaremos los avances que están teniendo lugar aquí y dejaremos claro lo poco que tiene que ver esta ciudad con la Rocavarancolia del pasado. Permitid que os diga que en Voraz tenéis un fiel aliado.

—Nos complace saberlo, desde luego —dijo el Lexel mientras se cruzaba de brazos—. Pero dudo mucho que haya convocado este encuentro para decirnos los fantásticos que somos todos. Dígame, embajador, ¿qué es lo que quiere?

—Salvar a los suyos. Eso quiero.

—¿A los nuestros? —Hector se inclinó hacia delante. Aquel sujeto, como todo lo relacionado con Voraz, le ponía los pelos de punta—. ¿Qué significa eso?

—Hay Rocavarancolenses en grave peligro, en estos mismos momentos, en uno de vuestros antiguos mundo esclavos. Casi un centenar de ellos.

—¿De qué está hablando esta liendre? —preguntó dama Sedalar.

Dama Desgarro la fulminó con la mirada. El embajador pasó por alto el insulto, se limitó a mirar a la bruja y a sonreír.

—Hablo de la Legión de las Calaveras, chiquilla —dijo—. Al menos es así como se dan en llamar. Un nombre bastante grotesco en mi opinión…

—Marra —murmuró dama Desgarro y se apresuró a añadir, al ver el desconcierto en el rostro de la mayoría de los allí reunidos—: Marra lideraba uno de los ejércitos secundarios del reino. Estaba destinada en Tadar cuando la Alianza de Mundos nos derrotó. A estas alturas los daba a todos muertos…

—De momento siguen con vida —les anunció el embajador de Voraz—. Una patrulla de exploradores tadariense los descubrió cuando intentaban cruzar la frontera de las Tierras Salvajes, y dio la voz de alarma. Tadar lanzó dos cohortes contra los vuestros con la intención de exterminarlos, pero la legión consiguió refugiarse en una antigua fortaleza y hacerse fuertes allí. Ahora mismo están sitiados y con pocas posibilidades de sobrevivir. Nos gustaría ayudarlos.

—¿Y cómo lo harían? —preguntó Hector.

—Con diplomacia —le explicó Angril—. Con sutileza. Tadar es un mundo pequeño, sin mucho peso en la Alianza y nada les gustaría más que cambiar eso. Saben que granjearse el favor de un mundo importante les facilitaría esa tarea. Y Voraz es un mundo grande, influyente, alguien a quien merece la pena tener de aliado. Si nosotros se lo solicitamos, si prometemos ayudar a mejorar su posición en la Alianza, conseguiremos que levanten el cerco y traer a los vuestros de vuelta.

—¿Y qué nos pedirían a cambio? —preguntó dama Desgarro, frunciendo el ceño. Era evidente que la ayuda de Voraz tendría un precio.

—Vuestra ayuda en un delicado asunto interno —dijo Angril y sonrió de nuevo antes de anunciar—: Queremos que matéis a un niño.

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