La asamblea de los cráneos

el-ciclo-de-la-luna-rojaLee Bajo tierra aquí

Había ciento cincuenta y tres calaveras amontonadas en la mesa del consejo. Ciento cincuenta y tres cráneos, todos adultos; ochenta y uno eran de mujer, setenta y dos de hombre. Las circunstancias de la muerte y el paso del tiempo habían castigado sin piedad a la mayoría de ellos, era raro encontrar uno que estuviera entero. Todos sin excepción tenían un cuerno en espiral color ceniza sobresaliendo de la frente. Y así como el aspecto de las calaveras era frágil, endeble, los cuernos eran de una solidez perturbadora.

El consejo estaba reunido alrededor de aquel osario. Lo que estaban contemplando era el pasado remoto de Rocavarancolia. El origen del reino.

—Harex y Hurza llegaron en una goleta desarbolada al asentamiento de pescadores que después se convertiría en Rocavarancolia; su barco fue el primer navío que trajeron las Uncidas hasta aquí —dijo dama Desgarro. La custodia del Panteón Real contemplaba los cráneos con repugnancia mal disimulada—. Los únicos supervivientes fueron Hurza y su hermano, el resto de la tripulación pereció. Es evidente que nos hemos topado con lo que queda de ellos.

A Hector le costaba trabajo apartar la mirada de los cuernos de las calaveras. Hurza le había clavado en el pecho un cuerno idéntico a esos. Y lo peor no había sido el intenso dolor, lo peor había sido sentir esa corriente extraña, ajena, abriéndose camino en su interior; esa identidad voraz y maléfica que, por un instante, había parecido a punto de borrar la suya. Pero por suerte para él, Hector no había sido el vehículo adecuado para aquel monstruo. No había sido lo bastante poderoso para que Harex pudiera resucitar en su cuerpo. El elegido había sido otro.

—¿Entonces sus almas siguen atrapadas en esos cuernos? —preguntó.

—Lo están —dijo dama Sedalar. La bruja había apoyado la cabeza en la mesa y estaba dibujando florecitas y arañas en la calavera que tenía más cerca con un pedazo de carboncillo—. El embajador rarito de Astria los olió o algo parecido. Se puso como loco. Poder, dijo, poder desmedido, poder absoluto… Así que aquí dentro hay un montón de Hurcitas —dijo dando un golpe seco con el dedo al cuerno del cráneo—. Qué espanto.

—¿Qué hacemos con ellos? —preguntó Marina.

—¡Eh! —La bruja se incorporó y miró a la vampira, con una sonrisa en los labios y un brillo burlón en la mirada—. ¡Podemos meterlos en el sueño de la fantasma del Panteón y ver qué pasa! ¡Sería divertido!

Nadie le hizo caso.

Un hermano Lexel sonrió con desgana al tiempo que tomaba uno de los cráneos y lo alzaba ante su rostro. Su máscara reflejó vagamente la calavera que sujetaba y por un instante pareció que eran sus propios huesos los que se le asomaban en la cara.

—¿Serán conscientes de su prisión? ¿Soñarán aquí dentro? ¿Ansiarán la libertad? ¿Os imagináis lo que tiene que ser pasar siglos encerrado en una celda tan minúscula?

—Lo mismo que escucharte hablar: un aburrimiento —dijo su hermano.

—¿Por qué no los resucitaron Harex y Hurza? —preguntó Hector—. Estoy seguro de que tuvieron la oportunidad de hacerlo cuando dominaban Rocavarancolia.

—Tal vez no —dijo dama Desgarro—. Tened en cuenta que los cuernos necesitan unos huéspedes muy determinados para poder enraizar. Quizá no tuvieron la oportunidad de encontrarlos en ese tiempo.

—No habéis respondido a mi pregunta —dijo Marina—. Y creo que es importante: ¿Qué hacemos con esas cosas?

—Destruirlas cuanto antes —dijo Hector.

—Pobres Hurcitas…

—Yo no estoy tan convencido —dijo el gemelo Lexel que había cogido el cráneo al tiempo que lo devolvía a la mesa—. Entiendo tus reticencias, ángel negro. Entiendo tu miedo y lo respeto. —Aunque por el tono de su voz era evidente que no lo respetaba en lo más mínimo—. Pero el potencial de esos cuernos es enorme. Estamos hablando de poder, de verdadero poder. Si encontramos el modo de servirnos de él, Rocavarancolia se verá fortalecida. Os recuerdo que todavía tenemos muchos enemigos ahí fuera y que toda ventaja que podamos conseguir sobre ellos es poca.

—No me puedo creer lo que estoy oyendo —dijo Hector, espantado—. ¿Necesitas que te recuerde lo que sucedió en esta ciudad con solo dos de esos monstruos sueltos? ¡Hurza y Harex casi nos exterminaron! No podemos correr riesgos. Hay que destruirlas. Hay que destruirlas ya.

—Estoy de acuerdo —dijo dama Desgarro mientras asentía con tanta convicción que a punto estuvo de perder la cabeza—. Esas cosas nos pueden traer más mal que bien. Sometámoslo al voto del consejo. Con una simple votación a mano alzada será suficiente. ¿Quién está a favor de destruir los cráneos?

—¡Me niego! —El gemelo Lexel no estaba dispuesto a dar su brazo a torcer—. Si hay votación es necesario que todo el Consejo esté presente, así es como está reglamentado. Votemos qué hacer, de acuerdo, pero esperemos a que regresen los miembros del Consejo que están en Voraz.

—Pueden tardar semanas —dijo Hector.

—Nos guste o no, el Lexel tiene razón —dijo Danza—. No nos queda otra alternativa que esperar. Es la ley.

—Maldita sea —gruñó Hector. Apretó un puño con fuerza, con rabia, mientras fulminaba al Lexel con la mirada—. Está bien, está bien… —concedió—. Esperaremos a que vuelvan Andras Sula y los demás. Pero quiero esas cosas encerradas bajo siete llaves, ¿me oís? Y quiero que tengan encima todos los hechizos de vigilancia y contención que puedan soportar. ¿Está claro?

Lo estaba. Y así lo hicieron. Guardaron los cráneos en una de las mazmorras del castillo, sellaron la entrada con magia violenta, anclaron hechizos de vigilancia y descarga, llenaron el lugar y los propios cráneos con sortilegios de defensa. Y dama Sedalar, aconsejada por Hector, ordenó a una de sus onyces que permaneciera allí, alerta y vigilante, sin moverse de la celda hasta que la puerta sellada volviera a abrirse. Sí, así lo hicieron.

En esa mazmorra guardaron, uno a uno, los ciento cincuenta y tres cráneos. Una hora más tarde solo había ciento cincuenta y dos.

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Los cuentos de Rocavarancolia

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