La ciudad en sueños

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Aquella Rocavarancolia daba la impresión de estar vacía. Más que un lugar real, parecía un escenario de teatro abandonado.

—Qué calma… —dijo Marina en voz baja. Se giró hacia Alba, que aguardaba a su lado—. ¿Se han ido todos?

—Bastantes —contestó la fantasma—. Todavía quedan muchos, los más pacíficos, los más tranquilos. El resto ha continuado su viaje más allá del velo.

—Pero ¿cuánto tiempo ha pasado desde la última vez que estuve aquí? —preguntó la vampira. Aquella ciudad era un constructo onírico, una imagen reflejo de la Rocavarancolia real tejida a base de sueños. Allí habían desterrado a los cientos de espectros que habían querido tomar la ciudad durante la última Luna Roja.

—Casi un año —contestó la fantasma

Marina asintió. El tiempo en sueños y el tiempo real no transcurría del mismo modo. En la Rocavarancolia real apenas habían pasado un par de semanas desde su última visita.

—Me parece sorprendente que hayas conseguido todo esto en menos de un año.

Alba se encogió de hombros, como si no diera ninguna importancia a su proeza.

—Solo necesitaban a alguien que se tomara la molestia de escucharlos. Hasta Arioch lo necesitaba. Estoy convencida de que sabía que le habíamos tendido algún tipo de trampa, pero prefirió dejarse engañar a seguir luchando. Estaba cansado. Estaban todos tan cansados… —La fantasma observó a la vampira—. ¿Va todo bien ahí fuera? —le preguntó—. No esperaba que volvieras tan pronto.

—Yo… —Marina suspiró al tiempo que se frotaba con fuerza el antebrazo izquierdo—. Tenemos problemas. Lo sé, lo sé, eso no es ninguna novedad, pero es que de un tiempo a esta parte vienen todos juntos. Ha regresado un contingente de tropas de la antigua Rocavarancolia, la que no era tan simpática como nosotros, esa que mataba y destrozaba todo lo que se le ponía por delante. Ha desaparecido Diana, una chavala de la última cosecha, supongo que te acordarás de ella, y nos tememos lo peor porque esta ciudad es como es. Y, por si eso fuera poco, un trasgo ha despedazado a una de las guardaespaldas de la embajadora de Tomar. Como supongo imaginarás, la Alianza de Mundos no se lo ha tomado demasiado bien…

La vampira miró alrededor. La calma de la ciudad que la rodeaba tenía muy poco que ver con lo que había dejado atrás.

—Pero no es por eso por lo que he venido. —Resultaba difícil de explicar. Hasta le costaba ponerlo en palabras—: La noche pasada me desperté llorando. Fue extraño… Tuve la sensación de que acababa de morir alguien. Alguien importante. Pero no podía recordar quién. ¿No es curioso? —Era complicado describir la sensación de angustia, de zozobra, que la había embargado desde entonces. Era como tener de forma permanente una palabra en la punta de la lengua, como si estuviera siempre a un segundo de recordar algo olvidado—. He estado buscando en sueños, en lo profundo de mi mente… Intentando dar con alguna pista que explicara esa sensación. Pero no he encontrado nada. Y de pronto he decidido venir aquí. Ha sido un impulso, una corazonada… He pensado, no sé muy bien por qué, que tal vez ese olvido pudiera estar relacionado contigo o con algo de lo que pasó durante la última Luna Roja. —Guardó un instante de silencio mientras estudiaba a la fantasma con interés—. ¿Se te ocurre algo? —preguntó al fin.

La fantasma frunció el ceño. Había algo, sí, algo que permanecía fuera del alcance de su mente. El recuerdo velado de un recuerdo, la sombra de una sombra… Sacudió la cabeza.

—Lo siento, no se me ocurre nada —dijo—. ¿No hay ningún hechizo que pueda ayudarte a averiguar qué está ocurriendo?

—Hay sortilegios de revelación, pero dudo de que me sirvan de algo. —Se encogió de hombros. Su visita a la falsa Rocavarancolia había sido en vano—. ¿Quieres regresar? —le preguntó entonces a la fantasma—. Sin Arioch y los demás espectros conflictivos no tenéis por qué permanecer aquí durante más tiempo.

—Gracias, pero no. Todavía me quedan fantasmas a los que ayudar. Además me gusta esta ciudad, por muy falsa que sea. Me hace sentir en paz.

—Te entiendo. Ojalá todo fuera tan sencillo en la Rocavarancolia real.

Marina se preparó para despertar. Era hora de volver. Hora de regresar a las conspiraciones, a la crisis constante, a la locura permanente de vivir en ese reino de monstruos y delirios que ella llamaba hogar. La falsa Rocavarancolia se fue desvaneciendo a su alrededor. Se fue borrando, diluyéndose en el aire, en la nada. Y una nueva urbe comenzó a emerger de entre sus restos.

Y esa ciudad estaba en llamas. No había un centímetro cuadrado de la misma que no ardiera.

Marina se tragó una exclamación de asombro. Continuaba soñando. De camino al despertar se había topado con otro sueño. No, no era un sueño. Era una visión. Y en ella Rocavarancolia se derrumbaba. La vampira miró perpleja a su alrededor. ¿Era aquello una muestra de lo que les aguardaba? Las calles estaban sembradas de cadáveres, los edificios a medio fundir… Las llamas se alzaban altas, como si quisieran tocar la inmensa Luna Roja que tomaba los cielos. Hasta la luna parecía arder.

Las nubes sangraban, el suelo temblaba. Había un dragón decapitado ante ella. Era Ceniza, y sobre su lomo yacía, descoyuntado, el cuerpo de Andras Sula. De sus ojos brotaba humo. Más allá estaba dama Sedalar, abierta en canal; en torno a ella danzaban sus onyces, felices de verse libres al fin; la mano lívida e inerte de la bruja sujetaba la cadena de un reloj roto. La manada yacía en un montón desmadejado; todos los lobos, Roja incluida, cubiertos de moscas y avispas negras. Allí estaban tanto las antiguas cosechas como las nuevas. Allí estaba Esmael, dama Desgarro, dama Etérea, las máscaras ensangrentadas de los Lexel… Allí estaban Alex, Darío, Rachel y Lizbeth. Allí estaban Sedalar Tul y Ricardo. Había hombres lobo y trasgos, vampiros y brujos, ángeles negros y duendes cenicientos, todos entremezclados. Era como si toda la muerte del mundo se hubiera derramado sobre Rocavarancolia, sin hacer distinción alguna entre los cadáveres pasados y futuros.

Marina cayó de rodillas, sobrepasada por la visión.

Entre la maraña de cuerpos y el fuego se aproximaba despacio un hombre. Era inmenso, tenía el rostro demacrado y una Luna Roja incrustada en la cuenca de su ojo derecho. Le dedicó una sonrisa atroz, una sonrisa demente de la que brotaba sangre y negrura. En la mano izquierda empuñaba un cetro envuelto en humo rojo.

—Rocavarancolia es un cementerio —dijo y su voz era la voz de las noches terribles, las que nunca acaban, las noches definitivas en las que no hay amanecer posible—. Un erial. No queda nada en pie. Y no habrá nueva resurrección esta vez. No habrá nuevos milagros. Vuestra historia acaba aquí. En el fango.

El hombre cambió de forma cuando solo le separaban tres pasos. Se transformó en una mujer esquelética, malvestida con los harapos de un camisón blanco, con un cuerno en espiral en su frente y la mirada ávida. Llevaba en las manos dos alas negras que todavía chorreaban sangre.

—No queda nada —dijo y su voz era la voz de la venganza, la de las cuentas pendientes, la voz del verdugo que ajusta la soga en el cuello del condenado—. Solo el final. Tan solo el cierre. Aquí termina la magia, aquí terminan las leyendas. No habrá misericordia esta vez. Mis hermanos y yo os devoraremos.

Y con esa última frase, cambió. La mujer demacrada dejó de ser una mujer para convertirse en alguien a quien ella conocía muy bien.

Era Hector. Caminaba a trompicones, herido de muerte. Le habían arrancando las alas de cuajo y clavado una lanza negra en la espalda que le sobresalía medio palmo del pecho. Era un milagro que continuara vivo. Cayó de rodillas ante ella y ambos quedaron a la misma altura, mirándose con fijeza. El joven tenía los ojos desmesuradamente abiertos y no dejaba de temblar.

—No lo vi venir, Marina —anunció y su voz era la voz del dolor, la voz rota del que ya está más allá de toda ayuda. La voz del que se rinde porque acaba de comprender que la victoria es imposible—. Perdóname, Marina, perdóname porque no lo vi venir. No lo vi… —cayó hacia delante, hacia ella, y, con una única convulsión, murió en sus brazos.

Y Rocavarancolia entera estalló en gritos, en alaridos.

Y ella despertó.

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Los cuentos de Rocavarancolia

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