La espía

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Jano Lasvarán. Ese era el nombre. Ese era el misterio a desvelar. Así se llamaba el embajador de Astria que había abandonado precipitadamente Rocavarancolia poco después de revelar su identidad a dama Sedalar, la bruja de las sombras. Jano Lasvarán era un verdadero enigma. Y si había algo que le gustaba a dama Velada era resolver enigmas. Sobre todo si con ello conseguía ayudar a Rocavarancolia. Ya lo había hecho una vez. Gracias a ella se habían anticipado a la revuelta de Arioch, el rey fantasma, y salvado la situación. Dama Velada era la espía perfecta, nadie podía verla y además era indetectable a cualquier clase de tecnología y magia. Su existencia era liviana y su recuerdo volátil, perecedero. Nadie en Rocavarancolia la recordaba hasta que ella no se dirigía a ellos. Entonces volvían a centrarla, al menos durante un tiempo. Era como si apenas existiera, como si no terminara de pertenecer a la misma realidad que los demás. No le importaba. Nunca le había gustado hacerse notar. Siempre había estado sola. Tanto en la Tierra como en Rocavarancolia. De hecho, después de que la Luna Roja la cambiara, había sopesado la posibilidad de hacerse llamar dama Solitaria. Al final lo había descartado porque no creyó conveniente llamarse igual que un parásito intestinal. Y dama Soledad tampoco le convencía, más que nada porque le recordaba a su profesora de matemáticas, doña Sole, una señorona insoportable que le había hecho la vida imposible en clase.

Dama Velada llevaba dos semanas en Sietx, la ciudad principal de Astria, siguiendo la pista de Jano Lasvarán. Entrar en aquel mundo había sido fácil. El vórtice que comunicaba con Rocavarancolia estaba fuertemente protegido, pero poco se podía hacer para evitar el paso a algo que no podía ser visto ni detectado. Sietx era una ciudad sucia, un bosque de chimeneas que vomitaban humo sin cesar y de torres apiñadas que parecían construidas a base de mezclar carne y metal. No era un lugar agradable. Sietx era el corazón industrial del continente, el motor que mantenía en marcha aquel mundo, pero sus habitantes pagaban un alto precio para ello.

Lo que había resultado más complicado había sido encontrar el rastro de Jano Lasvarán. El embajador de Astria no parecía existir. Dama Velada se coló en el palacio presidencial de Sietx y en el centro de gobierno, registró a conciencia los archivos de los burócratas y de los altos mandos del ejército, pero no halló nada sobre Lasvarán. Cuando comenzaba a perder la esperanza, encontró una pista en la sede de justicia de Sietx. Jano Lasvarán resultó ser un embajador muy peculiar, solo una semana antes de presentarse en Rocavarancolia desempeñando ese cargo había estado preso en una de las cárceles silenciosas de Sietx, condenado a cadena perpetua por asesinar a su mujer y a su hija. Aquel descubrimiento le dejó claro que su intuición había sido correcta: Astria tramaba algo y era su misión descubrirlo. Siguió investigando. Y en el gabinete del general que había firmado la excarcelación de Lasvarán encontró una copia de una orden de traslado del supuesto embajador firmada el día después de su salida de Rocavarancolia. Aquel documento la había conducido hasta una base militar situada a las afueras de Sietx. Las medidas de seguridad que protegían el lugar no habían podido mantenerla fuera durante mucho tiempo.

La base estaba formada por un gran pabellón y varios edificios de aspecto frágil que parecían construidos a toda prisa, todo tenía tal aire de improvisación que resultaba sorprendente que alguna de las estructuras se mantuviera en pie. No se veía ningún movimiento y durante un buen rato, dama Velada pensó que el lugar estaba desierto. Luego escuchó el sonido de una puerta al cerrarse en uno de los barracones y sonidos de voces en la distancia. Poco le importó. En el fondo a ella tanto le daba que la base estuviera abandonada o no. Nadie podía verla. En el puesto de control situado en la entrada del recinto encontró un portafolio en el que se detallaba la entrada y salida del personal de la base. Y allí aparecía el nombre de Jano Lasvarán. A su lado habían añadido la frase «en investigación» y el lugar del reciento donde lo habían trasladado: «Pabellón principal». Dama Velada sonrió. La búsqueda llegaba a su fin. Se dirigió al pabellón, dispuesta a resolver de una vez por todas el misterio que rodeaba al embajador.

El edificio era grande, con aspecto de hangar. Solo había una entrada, un portón doble metálico. Se acercó hasta él, pero estaba cerrado a cal y canto. Dama Velada frunció el ceño. Una cosa era ser invisible, otra muy diferente abrir puertas que estuvieran cerradas. La magia, además, no era lo suyo. En Rocavarancolia había intentado aprender trucos sencillos, pero todo había resultado inútil. Era una negada para la hechicería, qué se le iba a hacer. Apoyó el oído en la puerta y escuchó. Se oían voces, pero no llegó a distinguir nada de lo que decían. Se sentó en el suelo muy cerca de la puerta, dispuesta a aguardar el tiempo que fuera necesario. Tarde o temprano alguien la abriría y ella se colaría dentro. No le importaba esperar.

No habían transcurrido ni una hora cuando un sonido de pasos la puso en alerta. Alguien se aproximaba desde otro de los edificios de la base. Se incorporó veloz y miró en esa dirección. Se acercaban dos hombres. Uno era un soldado raso, vestido con un uniforme gris. El otro sujeto le dio miedo. Era un gigante, un bruto de más de dos metros de altura que parecía a punto de hacer estallar su uniforme. Por un momento pensó que llevaba puesta algún tipo de máscara, como los hermanos Lexel, pero no era así. Había perdido buena parte de la cara y en algunos puntos le asomaba la calavera. Solo tenía un ojo, el derecho; en la cuenca del ojo izquierdo llevaba una piedra roja, incrustada de tan mala manera que el hueso se había quebrado. El soldado abrió la puerta con una llave llena de circuitos integrados y se hizo a un lado para que el gigantón entrara primero. Dama Velada fue tras él, a paso rápido.

La estancia a la que fueron a parar era bastante grande, una sala rectangular de paredes blancas. Parecía un cruce entre un laboratorio y una sala de mando. Había un gran número de escritorios, la mayoría con monitores de aspecto vetusto encima; una zona reservada a archivadores; varias mesas de buen tamaño y un mapa enorme de Rocavarancolia presidiendo una de las paredes. También había una camilla. Y en ella yacía Jano Lasvarán, el antiguo embajador de Astria. Estaba desnudo, con la tapa del cráneo levantada y el cerebro a la vista. Varios cables se hundían en el tejido cerebral, unidos a una máquina cónica situada junto a la camilla. La máquina estaba recubierta de runas extravagantes. La joven se preguntó qué era todo aquello.

Lasvarán respiraba con dificultad; su pecho subía y bajaba, pero lo hacía a estertores, como si estuviera en las últimas. Había otras cuatro personas allí, tres de ellas estaban sentadas a los escritorios, estudiando los monitores; con atención la otra, una mujer rubia de ojos verdes, estaba operando la máquina de las runas junto a la camilla del embajador.

Dama Velada escuchó a su espalda el sonido de la puerta del pabellón al cerrarse, pero no se inquietó.

—Llegas a tiempo, Karrak —dijo un hombre al tiempo que apartaba la vista de su monitor para mirar al recién llegado—. Estamos a punto de terminar el volcado de memoria de Lasvarán. Si todo va bien, en un par de días lo tendremos listo y afinado. ¿Alguna noticia del alto mando?

Dama Velada se acercó al monitor del hombre que acababa de hablar. En la pantalla aparecía, desvaída, la imagen de dama Sedalar, rodeada de varias de sus sombras.

—¿Karrak? —preguntó el hombre, ajeno a la presencia de la joven a su lado y extrañado al parecer por la falta de respuesta del otro—. ¿Qué coño estás mirando?

Dama Velada sintió un escalofrío, un presentimiento fatal. Se dio la vuelta, despacio, muy despacio. Karrak estaba tras ella. Y la miraba fijamente.

—Puedo verte —le anunció.

La joven no pudo reaccionar. Primero por el pánico, segundo porque Karrak, a una velocidad prodigiosa, la cogió del brazo con tal fuerza que sintió como un hueso se quebraba. Gritó de dolor. Aulló.

—¡Karrak!—gritó el otro hombre al tiempo que se levantaba de la silla—. ¿Qué haces? ¿Te has vuelto loco?

—Tenemos visita, Zacarías —contestó Karrak. Dama Velada gritaba, se retorcía, intentaba escapar de la presa de aquel desconocido y lo único que conseguía era hacerse todavía más daño cuando el hueso roto rozaba contra la carne—. Vienes de Rocavarancolia, ¿no es así? Una niñita que juega a ser espía. Qué bonita ella.

—¿Qué estás diciendo, Karrak? ¿Con quién hablas? —le preguntó la mujer que había estado operando la máquina cónica, acercándose a buen paso hasta él.

—Se nos ha colado una espía, Lena. Una niña invisible. ¿Te lo puedes creer? Brujería de la ciudad de los monstruos, sin duda.

—¡Suéltame, cabrón! ¡Suéltame! ¡Suéltame! —Dama Velada la emprendió a patadas contra el hombre que la sujetaba, pero lo mismo le habría servido ponerse a dar puntapiés a una pared. La joven estaba aterrada. Eso no tenía que estar pasando. ¡Era invisible! ¡Nadie podía verla! ¿Por qué aquel hombre sí lo hacía?

—Fascinante —dijo la mujer llamada Lena—. Yo no veo absolutamente nada. Te veo a ti, sujetando el aire.

—Pues esta ventolera se retuerce y cocea como una energúmena, te lo aseguro. —Se giró hacia dama Velada, que no hacía otra cosa que gritar—. ¡Cállate de una puta vez! —le espetó y ella guardó silencio al momento, amedrentada—. Así está mejor, joder, qué descanso —El hombre sonrió y fue la sonrisa más aterradora que dama Velada había contemplado nunca—. Y ahora dime, pequeña, ¿cómo te llamas? —preguntó, y la burda parodia de amabilidad de su tono le dio tanto miedo como su sonrisa.

Dama Velada no contestó. No podía apartar la mirada de la cuenca izquierda de aquel sujeto. No era una simple piedra lo que relucía allí. Era un pedazo de Luna Roja.

Relato anterior: Diana

Los cuentos de Rocavarancolia

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