La oscuridad

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Habitaba en la oscuridad profunda, estaba fundido en ella. No era nada. No había pensamientos ni, por supuesto, identidad. Solo vacío, calma y ausencia. De vez en cuando notaba un repunte de conciencia, un súbito golpe de raciocinio que destellaba en las tinieblas como un relámpago en el cielo. Eran momentos mínimos, escasos. La oscuridad era cómoda, la oscuridad era perfecta.

Hasta que uno de esos relámpagos de conciencia se prolongó más de lo habitual y se convirtió en un estallido de claridad. Los pensamientos comenzaron a hilvanarse unos con otros, rápidos y confusos, dando forma a una maraña de recuerdos, golpes de memoria que lo desconcertaron. La oscuridad se hizo blanda, turbia, y durante unos instantes sintió que su ser se definía y que su cuerpo ganaba contorno. Fue consciente de su existencia. Fue consciente de que estaba…

—Vivo —anunció una voz que no era suya—. Está vivo y reaccionando. ¡Está reaccionando!

Intentó moverse, pero el cuerpo que ocupaba no respondió a su requerimiento, parecía labrado en piedra. Captó pensamientos en su cabeza, pensamientos fugaces que no eran suyos, al igual que no eran suyos ni aquel grito agónico que oía en su mente ni el dolor intenso. Estaba despertando en un cuerpo nuevo. Renacía. Su vieja alma intentaba arraigarse en el nuevo anfitrión, pero antes de conseguirlo sintió que se desmoronaba, que se venía abajo. Solo que no era él quien caía. Tuvo tiempo de abrir los ojos pero lo único que alcanzó a distinguir fueron tinieblas húmedas y colores viscosos, como si la paleta de colores de la realidad se estuviera entremezclando

—¡No! ¡Lo estamos perdiendo! —Escuchó mientras perdía pie en la realidad—. ¡Lo estamos…

Y de nuevo se zambulló en la oscuridad y el vacío. No le importó. Se estaba bien allí. Y es fácil tener paciencia cuando no existes.

Pasó el tiempo. En el vacío era imposible cuantificarlo. Hubo más destellos de conciencia, pero tan mínimos que fue como si no tuvieron lugar. Hasta que de pronto uno de esos ramalazos se prolongó de nuevo más allá de lo normal. Otra vez ganó peso, mente y pensamiento; otra vez sintió que se le abrían las puertas de la existencia a base de dolor y gritos que no eran suyos.

Abrió los ojos de nuevo y se topó con la realidad. Una realidad clara y diáfana en esta ocasión. Sus pulmones se llenaron de aire. Aire estéril, aire sin fuerza. Miró a su alrededor. Estaba en una sala de paredes pardas cubiertas de caracteres de un lenguaje incomprensible, pero que apestaban a hechicería. Estaba tumbado en una camilla metálica, desnudo por completo. Notó los grilletes en las muñecas, en los tobillos y en el cuello. Sintió un dolor intenso procedente de la palma de su mano izquierda, tenía algo clavado en ella. No necesitó mirar hacia allí para saber de qué se trataba: un cuerno en espiral.

Había cuatro personas con él, cuatro mujeres, situadas cada una de ellas a un lado de la camilla. La que tenía en frente era una mujer entrada en años, vestida por entero de blanco y con una pequeña tiara de plata también blanca. Su postura, la expresión de su cara, denotaba una autoridad evidente. Parecía una sacerdotisa o algo similar. Dos de las presentes sujetaban lanzas; la tercera, situada a la derecha de la camilla, portaba un escudo reluciente que parecía hecho de cristal y cubría su rostro por una máscara de plata en la que nadaba un pez rojo.

Se incorporó a medias en la camilla, boqueando. Las cadenas le impidieron sentarse por completo. No intentó forzarlas. Se limitó a mirar otra vez a su alrededor al tiempo que intentaba controlar la respiración.

—Tranquilo, tranquilo… —le dijo la mujer de la tiara—. Todo va bien. ¿Entiendes lo que digo? ¿Eres capaz de entenderme?

Él asintió. Intentó hablar, pero antes de poder pronunciar ni una sola palabra sintió que el cuerpo que ocupaba volvía a sucumbir. La oscuridad llegó de nuevo, en tromba, y lo borró del mundo.

—¡Está fallando otra vez! ¡Está fallando!

Tras otro periodo de calma y de no ser, tras otro periodo de tinieblas y no existencia, un nuevo relámpago lo sacó de la nada. Esta vez no abrió los ojos, se limitó a permanecer inmóvil en la camilla. Trató de relajarse. Sentía como su alma, su esencia, se iba expandiendo dentro del nuevo cuerpo que le habían proporcionado. Alguien chillaba en su mente. No le prestó atención. Era irrelevante.

—Los signos vitales se han estabilizado —anunció alguien—. Creo que tenemos otra vez a la entidad del cuerno con nosotras.

—¿Me oyes? —escuchó preguntar. Reconoció la voz. Era la mujer de la tiara de plata—. ¿Puedes oírnos?

No respondió. Aquel recipiente tampoco era válido. Era débil y frágil. Notó como se venía abajo como los precedentes. Luego llegó otra vez la oscuridad. Se abrazó a ella como quien se abraza a una amiga.

La cuarta vez que lo trajeron de vuelta, estaba preparado.

Se incorporó como un relámpago y se dirigió a la mujer de la tiara. Esta dio un paso atrás, tomada por sorpresa por su movimiento repentino. Él apenas fue consciente de que las cadenas se habían roto en pedazos.

—Escucha, escucha con atención —le dijo—. Necesito un cuerpo adecuado, un cuerpo acorde a mi poder. Los anfitriones que me estáis proporcionando son débiles, no son capaces de albergar mi esencia. Son simple carne muerta. Tenéis que conseguir un cuerpo lo bastante fuerte para contenerme. ¿Lo entendéis? Un brujo, un mago, alguien habituado a la magia… Alguien que pueda soportar la tensión.

Notó como el cuerpo que ocupaba comenzaba a sucumbir, casi creyó ver grietas a su alrededor mientras el mundo se desmoronaba. La oscuridad volvía a por él.

—No hay hechiceros en este mundo —dijo la mujer de la tiara—. No al menos como los que tú precisarías…

—Buscadlos en otro lugar entonces —dijo él—. A buen seguro que sabéis dónde encontrarlos.

—¿Y qué nos ofrecerás tú a cambio? —le preguntó la mujer.

Solo había una respuesta posible.

—Poder —anunció—. Eso es lo que os ofrezco. El poder de la magia. De la magia pura, de la magia salvaje. Un poder como nunca habéis soñado.

La oscuridad se lo tragó de nuevo, lo engulló, lo rodeó, se fundió con él. No le importó. Sabía que pronto estaría de vuelta.

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