Moby Dick

Moby 1

La chulada de la nueva edición de Moby Dick. Ya solo por la portada merece la pena comprarse el libro.

 

Si tuviera que hacer una lista de los libros más importantes en mi vida, Moby Dick ocuparía un lugar destacado. Curiosamente no es uno de mis libros favoritos, pero eso no le resta ni un ápice de importancia. ¿Por qué? Porque la obra de Melville fue la primera novela que leí. No solo eso, Moby Dick fue el primer libro que me compraron mis padres. Yo tendría unos nueve años y fue un regalo de reyes. Hasta ese momento, mi casa había sido un hervidero de tebeos: Mortadelos y filemones, Don Mickeys, capitanes truenos y jabatos, los libracos de Películas de Disney que pesaban un quintal… Moby Dick, la inmensa ballena blanca, inauguró mi biblioteca.

Todavía conservo el libro, nostálgico que es uno. Le tengo un cariño especial, como comprenderéis. Curiosamente, no es la versión íntegra. Mi edición de Moby Dick es una de esas ediciones de Bruguera de finales de los sesenta donde el libro original se adaptaba y recortaba. Y además venía con páginas de comic intercaladas. Lo primero que me leí, obviamente, fue el tebeo. Más fácil, sencillo y rápido. Unos meses después me armé de valor y me enfrenté al texto. Y me di cuenta de que las dimensiones eran diferentes, la profundidad variaba. El comic era visual, rápido, divertido; pero el libro en sí tenía una densidad y una textura especiales que, en cierto modo, lo hacía más real. Disfruté como un crío (como lo que era a fin de cuentas) con aquella historia de ballenas, barcos y obsesiones. Está claro que si se hubiera tratado de la versión íntegra de Moby Dick no habría podido con ella. Ochocientas páginas de aparejos, biología marina y viajes pormenorizados por los océanos habrían sido demasiadas para aquel pobre chaval con tendencia a despistarse.

Unos años después, en la biblioteca de mi ciudad, comprobé que el grosor del libro original no tenía nada que ver con el mío. Mi perplejidad no conoció límites. ¡No me había leído el libro de verdad! Lo solucioné con rapidez, claro, y me leí la edición íntegra. Me gustó mucho, pero a mi yo adulto no le entusiasmó tanto como aquella primera versión que leyó mi yo infantil. Y me marcó, vaya que sí me marcó. De hecho, a modo de homenaje, utilicé una cita del libro como epígrafe de mi primera novela, Las fuentes perdidas.

“Queequeg era natural de Rokovoko, una isla lejana del Suroeste. No figura en mapa alguno. Le ocurre lo que a la mayoría de los sitios que existen de verdad.”

Ahora tengo una nueva edición de Moby Dick, gracias a la colección de Penguin Clásicos (libros que no me cansaré de recomendar.) Ahí están las dos, lomo contra lomo. Mi ejemplar, castigado por el paso de los años; y el nuevo, flamante y enorme en comparación. Creo que va siendo hora de embarcarme de nuevo en el Pequod y leerme otra vez el libro. Siempre es buena idea visitar a los viejos amigos.

Mis dos versiones de Moby Dick. La de Bruguera está ya un poco descascarillada.

Mis dos versiones de Moby Dick. La de Bruguera está ya un poco descascarillada.

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