Perspectivas

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1

Ceniza, el dragón de Andras Sula, aguardaba impaciente el regreso del piromante. La mayor parte del tiempo se le veía volar inquieto de un lado a otro, como si intentara dar con él. El dragón solo abandonaba su búsqueda para comer, y hasta eso comenzó a hacerlo de manera cada vez más esporádica con el paso de los días, como si la ausencia del joven estuviera afectando a su apetito. Sobre todo merodeaba por la zona este, la barriada de los Mil Dioses, allí era donde se había abierto el portal que había unido durante unos instantes Rocavarancolia con Voraz. Habían practicado aquel vórtice con tecnología astria desde el mundo de Melcor Basar, y solo había permanecido abierto unos minutos, el tiempo suficiente para que Andras Sula y el resto de su grupo lo traspasara.

Dama Sedalar observaba las idas y venidas del dragón, sentada en cuclillas en el pedestal de una estatua destruida durante la batalla contra Hurza y Harex. Llevaba tanto tiempo inmóvil allí que alguien podría haberla tomado por la escultura desaparecida. Muy cerca del dragón volaban varias onyces, alertas a los movimientos de la gran bestia; su misión era dar aviso en el caso de que Ceniza atravesara algún vórtice en su afán de encontrar a Andras Sula.

Un sonido de pasos cercanos hizo que dama Sedalar mirara a su izquierda. Allí estaba el embajador de Astria, el joven sin nombre seguía también los vuelos del dragón. Sonreía. Y había algo extraño en su sonrisa, cierta burla, cierta tristeza. Dama Sedalar lo observó con el ceño fruncido.

—Vuestro dragón está inquieto —dijo el embajador. Su tono de voz fue extraño, como si no le importara en absoluto que Ceniza estuviera o no nervioso.

Ella guardó silencio. Los embajadores de la Alianza no sabían nada de la misión en la que se había embarcado el grupo de Andras Sula. Estaba claro que no la verían con buenos ojos.

—Echa de menos a su jinete —continuó el joven, indiferente a su falta de respuesta—. Resulta sorprendente lo unidos que están esos animales a sus dueños; no es raro que un dragón muera de pena poco tiempo después de que su jinete haya fallecido.

—Andras Sula no está muerto —dijo ella—. Y los dragones no tienen dueño. Son como los gatos.

—Gatos que escupen fuego. Eso sí que nos traería problemas… —La miró por primera vez, lo hizo de reojo. La expresión de su rostro resultaba indescifrable—. Vuestro piromante está tardando demasiado tiempo en regresar, ¿no os preocupa?

—No —contestó ella. Aunque eso no era del todo cierto no pensaba hablar del tema con aquel tipo. Se levantó, dispuesta a marcharse.

—Hace varias semanas que se marchó —continuó el embajador—. Por lo que me han contado está en la Tierra, el mundo natal de buena parte de vuestro consejo. —Esa había sido la excusa que habían dado a los embajadores para justificar la desaparición de uno de los miembros más activos del consejo—. La nostalgia es mala cosa, a veces te lastra tanto que no te deja pensar en nada más. ¿Habéis regresado alguna vez a vuestro planeta de origen, dama Sedalar?

—Las justas y necesarias para saber que allí no se me ha perdido nada. Con su permiso, embajador. Tengo que marcharme. —Y antes de que pudiera hacerlo, sucedió algo sorprendente. El joven dio un paso al frente, la miró a los ojos y dijo:

—Me llamo Jano, Jano Lasvarán.

Dama Sedalar sacudió la cabeza, como si aquello poco le importara y echó a volar, abrazada a su báculo.

2

 El embajador de Astria sobrevolaba Rocavarancolia, volaba bajo, muy atento a las voces de su cabeza.

—Hay restos de energía en el aire —dijo Zacarías—. Aquí se abrió un portal hace unas semanas. Intentaron limpiar la energía residual, pero todavía quedan trazas de ella. Es obvio que el piromante y sus amiguitos dieron un salto desde aquí. Desciende.

Hizo lo que le ordenaban. Siempre lo hacía. Había dejado de considerarse un hombre, era un mero instrumento al servicio de sus torturadores. Eran ellos quienes lo gobernaban. Otra voz irrumpió en su cabeza, no hablaba con él, se dirigía a la primera:

—Podría ser Voraz o cualquier otro mundo… resulta difícil precisarlo —Era Lana, otra de las voces principales que entraban y salían de su mente.

—Fue Voraz, hazme caso. —El malhumor de Zacarías era evidente—. Rocavarancolia ha estado implicada en el asesinato del niño dios y la masacre de Armanacja, estoy convencido.

—Necesitamos pruebas, no corazonadas —dijo Lana.

—Tengo visual de la bruja, la chavala de las sombras. Acércate y entabla conversación. Deriva el tema hacia Andras Sula y veamos qué pasa.

El embajador de Astria avanzó hacia la joven. La chica estaba sentada con las piernas cruzadas sobre un pedestal mirando hacia el dragón. Parecía una gárgola de piedra a la que le hubieran puesto una chistera.

—Vuestro dragón está inquieto —dijo el embajador. Habló con desgana, hastiado, como un actor que interpretara sin pasión el diálogo que otros habían escrito para él. El silencio frío de la bruja le importó bien poco—: Echa de menos a su jinete —continuó—. Resulta sorprendente lo unidos que están esos animales a sus dueños; no es raro que un dragón muera de pena poco tiempo después de que su jinete haya fallecido.

—Andras Sula no está muerto —dijo la bruja—. Y los dragones no tienen dueño. Son como los gatos.

—Gatos que escupen fuego. Eso sí que nos traería problemas… —El embajador de Astria sonrió con su propio comentario. Y recordó a Garra, el gato de su niñez, un animalejo torpe y feo, con un ojo de cada color. Había sido su mejor amigo en aquel tiempo, su único amigo a decir verdad. Sintió un inmenso vacío, un acceso de vértigo. De pronto le habían entrado ganas de llorar. «No soy nada, solo un títere vacío, una marioneta». Se rehízo—. Vuestro piromante está tardando demasiado tiempo en regresar, ¿no os preocupa?

—No —contestó ella.

Zacarías se apresuró a decir:

—Está mintiendo, es obvio. Presiónala más con el tema.

La bruja se había incorporado y parecía dispuesta a irse.

—Hace varias semanas que se marchó —dijo el embajador—. Por lo que me han contado está en la Tierra, el mundo natal de buena parte de vuestro consejo. —No miraba a la bruja, tenía la mirada perdida en las alturas. Atardecía. Pronto llegaría la noche sin estrellas de Rocavarancolia. Recordó otros cielos, recordó otras noches… ¿Dónde había quedado todo eso? ¿Dónde había quedado el hombre que había sido? «Soy un muñeco, un trasto, un espía, un traidor… Soy todo eso y al mismo tiempo no soy nada»—. La nostalgia es mala cosa, a veces te lastra tanto que no te deja pensar en nada más. —Él lo sabía muy bien. Recordar a Garra había disparado recuerdos de un pasado tan remoto que a veces creía que no había tenido lugar. ¿Había sido feliz en aquel tiempo? En comparación con los actuales, sí, desde luego—. ¿Habéis regresado alguna vez a vuestro planeta de origen, dama Sedalar?

—Las justas y necesarias para saber que allí no se me ha perdido nada Con su permiso, embajador. Tengo que marcharme.

Y él actuó sin pensar, fue un impulso al que no pudo resistirse. Dio un paso hacia delante y, sin pensar en las consecuencias de sus actos, dijo:

—Me llamo Jano, Jano Lasvarán.

La joven le dedicó una mirada de escaso interés, se encogió de hombros y echó a volar. Un instante después, él cayó de rodillas.

—¿Qué has hecho, estúpido? —le preguntó la voz furiosa de Zacarías—. ¿Qué has hecho?

Y por toda respuesta el embajador de Astria repitió:

—Me llamo Jano, Jano Lasvarán. Y no soy nada.

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