Vísperas (1 de 2)

el-ciclo-de-la-luna-rojaÍNDICE DE RELATOS

Las naves de guerra habían regresado a los cielos de Rocavarancolia. Por el momento había tres: un inmenso bajel de carne de Astria, con sus tentáculos agitándose en el aire y sus cañones dispuestos; una nodriza de Arfes, esférica y recubierta de ruedas dentadas que no dejaban de girar, engranadas de modo perfecto unas con otras; y, por último, una saeta de Tomar, con forma de lanceta y los pendones negros izados en sus mástiles en señal de duelo.

Los hechiceros de Rocavarancolia habían cargado de energía otra vez el campo mágico que rodeaba y protegía la ciudad y algunos miembros de la Alianza de Mundos habían considerado aquello como una nueva afrenta. Sobre todo Tomar y Astria, si por ellos hubiera sido habrían reducido el reino a escombros a cañonazos.

No era el clima más propicio para una reunión diplomática. Hector intentó tranquilizarse. Se respiraba tanto odio en aquella estancia que casi se dejaba ver en el ambiente.

—¡No! —exclamó Arpán la embajadora de Tomar mientras descargaba un fuerte manotazo sobre la mesa. Sus ojos centelleaban confiriendo a su rostro una fuerza que en nada tenía que ver con su edad—. ¡Esto dejó de ser un asunto de Rocavarancolia cuando uno de vuestros monstruos despedazó a mi guardaespaldas! ¡Esto compete ahora a la Alianza de Mundos!

—Conservemos la calma —le pidió Angril, el embajador de Voraz. Su llamamiento a la tranquilidad no casaba nada bien con la mueca muerta que tenía por sonrisa—. Escuchemos la propuesta que el consejo quiere hacernos. Para eso nos hemos reunido aquí.

—¡No hay nada que escuchar! ¡Nada! —argumento Aresteo, el enviado de Astria—. ¡Las máscaras han caído! ¡Una pobre chiquilla ha sido asesinada por estas bestias! ¿Cuánta gente tiene que morir para que la Alianza deje de negar lo evidente? ¿Cuánta sangre permitiremos que derramen antes de que quede claro que Rocavarancolia no va a cambiar?

Aresteo era enorme y en aquel momento su rabia lo hacía parecer todavía más grande. A Hector le bastaba mirarlo para saber que mientras quedara un astrio vivo, Rocavarancolia estaría en peligro.

«Vas aprendiendo, muchacho» escuchó decir a Esmael en su mente. «Hasta que tu último enemigo no haya muerto, la partida no habrá terminado. Si es que alguna vez te atreves a jugarla».

—Quizá a los suyos no les interese escuchar lo que Rocavarancolia tiene que decir, querido Aresteo —dijo con calma el autómata que Arfes había enviado a la reunión. Se había presentado como Poema Truncado y aunque su apariencia era del todo humana, el brillo de sus ojos y el chirriar que producía al moverse evidenciaban su naturaleza mecánica—. Pero a nosotros sí. Y a muchos de los aquí presentes. Así que le ruego que no vuelva a interrumpir. Dama Desgarro, prosiga, por favor.

—Gracias, embajador —dijo la custodia del Panteón Real. Todos habían estado de acuerdo en que lo más adecuado era que ella fuera la portavoz del consejo—. El único culpable de todo esto es el trasgo que asesinó a la guardaespaldas de la noble Arpán —comenzó—. No pueden juzgar a todo el reino por su falta, de igual modo que no podemos juzgar a toda la Legión de las Calaveras por el comportamiento de uno de sus miembros.

—Nunca debimos permitir que esa escoria regresara —dijo Aresteo. La hostilidad con la que contemplaba a dama Desgarro era más que evidente. Y extensible a todo el reino—. Tadar debería haber aplastado a esas alimañas cuando tuvo la oportunidad.

—Insisto, embajador —dijo el autómata—, deje de interrumpir de una vez o me veré forzado a elevar una queja formal a la Alianza.

Dama Desgarro se inclinó hacia delante en la mesa.

—Hay tres trasgos en las filas de la legión —dijo—. Uno de ellos es el asesino. Cuando averiguaremos quién es lo pondremos a disposición de la justicia de Tomar. Y neutralizaremos a los otros dos.

Arpán se echó a reír. Su risa era polvorienta y seca.

—¿Y cómo se supone que vais a hacer eso? —preguntó—. Por lo que he podido comprobar la influencia del consejo en la legión es nula. No reconocen vuestra autoridad.

Hector tuvo que darle la razón. Marra y los suyos habían renegado de la nueva Rocavarancolia y se habían atrincherado en el palacete. Sacarlos de ahí iba a resultar toda una proeza.

—El modo en que lo consigamos es asunto nuestro —dijo dama Desgarro—. La cuestión es, ¿será suficiente?

—¡No! —exclamó el enviado astrio.

—Retirad de inmediato el campo de salvaguarda, que Rocavarancolia demuestre que se pliega a las decisiones de la Alianza —les pidió la embajadora de Tomar—. Retirad hasta la última protección que defiende la ciudad. Y después conseguid que la Legión de las Calaveras nos entregue al asesino y a los otros dos trasgos. Que sean ellos quienes lo hagan, no vosotros. Una solución sencilla, ¿no creéis? Así se verá a las claras la catadura moral de todos los actores de este drama.

—¿Y si no acceden a entregarlos? —preguntó dama Desgarro.

—Bombardearemos el palacete y acabaremos con todos los que se esconden allí. Os puedo asegurar que este es el único acuerdo que vais a conseguir. Y es un acuerdo generoso dadas las circunstancias. —Sonrió—. Además así sabremos que esta Rocavarancolia es diferente, que no consiente el asesinato ni a quienes protegen a los asesinos

—Tenemos que estudiar su propuesta —dijo dama Desgarro tras un silencio tenso—. En breve tendrán contestación.

—Tienen hasta la medianoche para retirar el campo de energía. Y la Legión de las Calaveras hasta el amanecer para entregarnos a los trasgos. Si alguna de esas premisas no se cumple, buscaremos otros cauces de acción.

Los embajadores de la Alianza se marcharon poco después, dejando solo al consejo.

—Malditos cabrones, no van a parar hasta destruirnos —rezongó Andras Sula. Le había costado un gran esfuerzo mantenerse callado a lo largo de la reunión.

—No les demos motivos entonces —dijo uno de los hermanos Lexel—. Retiremos el campo. El problema es de Marra, no nuestro. Además, qué diablos, ese trasgo se lo ha buscado. Que aprenda que no se puede ir por ahí comiéndose a gente. Al menos sin limpiar después.

—Marra no va a ceder —dijo el otro gemelo—. No lo entregará así como así. Si retiramos el campo, los condenamos a todos.

—Así es —dijo dama Desgarro—. Ese trasgo es uno de sus legionarios. Darán la vida por él si es preciso, sin importarles lo que haya hecho o dejado de hacer. Son fieles hasta la muerte.

—Es un asesino —dijo dama Sedalar.

—Lo es. Pero la legión cuida de los suyos. Como nosotros cuidamos de los nuestros. No lo entregarán. Preferirán morir.

—Cuánta nobleza… —Andras Sula hizo una mueca—. ¿Y Diana? ¿Os habéis olvidado de ella? Sigue desaparecida. Tenemos que averiguar dónde está.

—Tal vez fue el primer plato del trasgo —comentó un hermano Lexel.

Dama Desgarro sacudió la cabeza.

—No, todavía pende sobre ella un hechizo de ocultamiento. Si la hubieran devorado también habríamos encontrado sus restos.

Hector se pasó las manos por la cara en un gesto mitad desesperación mitad cansancio. Estaba harto de todo aquello. Marina permanecía silenciosa y sombría a su lado. No había hablado mucho, ni ahora ni en la reunión previa al encuentro con los embajadores.

—¿Alguna idea de cómo va a terminar esto? —le preguntó. Marina no era solo una vampira, también era una soñadora y en ocasiones sus sueños eran proféticos.

—Con una matanza —respondió. Y su voz sonó hueca, carente de emoción—. Como siempre acaban las cosas en este reino.

Relato anterior: La ciudad en sueños

Los cuentos de Rocavarancolia

El primer volumen de cuentos está a la venta aquí.

spacer

Deja un comentario