Visperas (2 de 2)

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Marra apoyó la cabeza en el ventanal, taciturna. Allí de pie ofrecía un blanco perfecto para cualquiera, pero tanto le daba. Estaba harta.

Aquel reino no era el suyo, no era por el que ella había luchado, por el que muchos de sus hombres habían dado la vida. Costaba asumir que la ciudad de su recuerdo ya no existía. Ahora estaban en terreno enemigo, era tan sencillo y doloroso como eso.

Y pensar que no había habido noche durante su largo exilio en Tadar en que no hubiera soñado con regresar a Rocavarancolia. Qué ingenua había sido, qué estúpida…

La ángel negro paseó la mirada por la línea de edificios que tenían enfrente, las casas macizas que, junto al palacete en que se encontraban, configuraban la avenida de las Gárgolas. Se preguntó qué habría sido de las estatuas que habían adornado los tejados y dado nombre a la calle; la mayoría habían desaparecido sin dejar rastro. Quizá ellas también se habían hartado de aquella ciudad.

Las sombras de la bruja de la chistera rodeaban el palacete, un muro de oscuridad viva que los mantenía confinados en aquel edificio. En las alturas vigilaban varias naves de la Alianza. Una de ella, la astria, estaba detenida como una grotesca ballena justo sobre el palacete. Sus cañones de popa asomaban obscenos e hinchados, con ellos como blanco. Si el consejo retiraba la barrera que los protegía, los astrios dispararían sin dudar, Marra estaba convencida de ello, esos locos los odiaban demasiado como para respetar ningún tipo de acuerdo.

—Marra —escuchó a su espalda.

Se giró. Por un instante esperó toparse con Orestes, su fiel oráculo, pero el anciano había caído en Tadar, como tantos otros. Era Barauna quien se dirigía a ella, la astuta Barauna. En aquellos momentos aparentaba dieciséis años, la misma edad que había tenido cuando la había transformado la Luna Roja. Durante buena parte de sus ochenta años, Barauna había aparentado dieciséis. Era una vampira, una vampira que se alimentaba de tiempo ajeno en vez de sangre. Era su camarada, su amiga. Y probablemente mañana estaría muerta. Como todos, como los ochenta y seis supervivientes de la Legión de los Calaveras que había traído consigo.

«Somos lo último que queda de la verdadera Rocavarancolia», se dijo.

—Quieren entregarse —le dijo Barauna y aquellas dos palabras lo único que hicieron fue agrandar el vacío que sentía—. Los trasgos quieren entregarse. Los tres. Dicen que lo harán si es el único modo de terminar con esto.

—No —contestó—. Los matarán. Que se quiten esa idea de la cabeza.

La Legión se había instalado en la Sala Eterna, en el mismísimo corazón del palacete, una estancia enorme, de finas columnas luminosas y suelo espejado. Habían pasado por alto las innumerables habitaciones del edificio y tendido sus sacos de dormir y sus maltrechas pertenencias en aquel lugar. Querían estar juntos. La única concesión que habían hecho a la comodidad era trasladar varios colchones hasta allí para que los más ancianos pudieran dormir en blando.

Marra se acercó hasta ellos. Solo faltaban los que montaban guardia en lugares estratégicos del edificio. La mayoría estaban sentados en el suelo, dando buena cuenta de las escasas provisiones que les quedaban. Los únicos que estaban de pie eran los trasgos, en posición de firmes. La miraban desafiantes, decididos. Arrán, Rolo y el viejo Sangría. El anciano trasgo estaba encorvado hacia delante por el peso de los años y, sobre todo, del hambre y la penuria; sus extremidades, nudosas y retorcidas, parecían a punto de desprenderse de su frágil cuerpo, y aun así se las ingeniaba para parecer peligroso.

Todos los legionarios la contemplaron expectantes.

—¿Qué tontería es esa de entregaros? —le preguntó a los trasgos de malos modos—. ¿Os habéis vuelto locos o qué os pasa?

—No seas testaruda, Marra —le pidió Rolo. Su melena negra y despeinada le daba un aspecto de exagerada fiereza. Cuando hablaba, apenas abría la boca para que no se vieran los muchos huecos que había en su dentadura—. Es el único modo que tiene la Legión de salir con bien de esto. Si no lo hacemos, ya sabes lo que va a pasar.

—Y si lo hacéis, os matarán —dijo—. No pienso consentirlo. Si van a por un legionario, van por todos. ¿Queda claro?

—Tonterías, niñata —le espetó Sangría. Era al único al que le permitía hablarle de semejante manera. Decía ser tan viejo que recordaba cuando la Luna Roja todavía estaba verde—. Hacemos sacrificios por el bien común. Eso es lo que hacemos. Si a cambio de nuestras cabezas os dejan en paz, por mí que se queden la mía. Tampoco es que la use mucho ya.

—¿Estás hablando de la cabeza o de otra cosa, viejo? —le pregunto Ágata, recostada en el suelo. Y soltó una carcajada. Ágata había sido una gran guerrera, uno de los baluartes de la legión. Era tan diestra con la espada como rápida a la hora de hacer bromas subidas de tono. Los años tampoco habían pasado en balde para ella. Ahora apenas era capaz de sostener el arma. Pero seguía igual de pícara.

—Siento haberos metido en este brete, capitana —dijo Arrán mientras se rascaba con fuerza la maraña de pelos grises que tenía por barba. Marra casi creyó percibir arrepentimiento en sus diminutos ojos de tiburón. Había sido él quien había asesinado a la guardaespaldas de la embajadora de Tomar, aunque aseguraba y prometía que no había tenido nada que ver con la desaparición de la niña del torreón Margalar—. Se me nubló la vista y me pudo el instinto. De verdad que lo lamento.

—Esperemos que al menos la chica estuviera buena, cacho cabrón —dijo alguien desde el suelo.

—¡Qué va! Puta mierda, os lo juro. Vaya carne más correosa. Hasta las ardillas de las Tierras Salvajes sabían mejor.

Todos se echaron a reír. Marra sacudió la cabeza.

—No teníamos que haber venido, compañeros —les dijo cuando las carcajadas remitieron—. Más nos habría valido quedarnos en Tadar.

—¡Ja! —soltó Varila mientras se incorporaba. Su lugarteniente había perdido un ojo cuando un repugnante insecto le había picado en las Tierras Salvajes—. Estamos en casa, capitana. Vale que las cosas han cambiado mucho aquí, pero he vuelto a ver dragones, he vuelto a ver Rocavaragálago, he vuelto a pisar las calles de Rocavarancolia y a respirar su olor rancio. Es más de lo que me esperaba. Ya puedo morir feliz.

—Varila tiene razón. —Ahora fue Campán el que se levantó. Lo hizo despacio. Tenía lumbago y, por orgullo, se negaba a usar su propia magia para mitigar sus dolores—. Hemos vuelto, viejos y correosos, hechos mierda, pero hemos vuelto. Y ha sido gracias a ti, capitana. Nos has mantenido vivos. Nos has mantenido a salvo.

Uno a uno todos los miembros de la Legión de las Calaveras se fueron poniendo en pie y adoptaron la posición de firmes. A algunos les costó más que a otros conseguirlo. Marra los contempló, orgullosa. Había compartido la gloria y la miseria con ellos, la victoria y la derrota. Por lo que a ella respectaba, eran lo último que quedaba de la verdadera Rocavarancolia.

—¿Quieres que luchemos? —continuó Campán—. Lo haremos. Hasta el último hombre, hasta la última gota de sangre si es preciso. Si hay que morir esta noche, se muere. ¡Qué más da! Después de todo, hemos vivido más tiempo del que habíamos esperado.

—¡Sí! —Agamenón, negro y enorme, alzó su puño al aire—. ¡Una última batalla! ¡Una última carga de la Legión! ¡Salgamos de este mundo envueltos en un torbellino de gloria y sangre!

—¡No les escuches! —dijo Sangría, espantado—. ¡Necios! ¡Más que necios! ¿Por qué queréis morir?

—¡Por el reino! —contestó Campán.

—¡Ya no existe! —le espetó Sangría.

—¡Por eso mismo! —Agamenón enseñó los dientes como si pretendiera emprenderla a dentelladas con el trasgo—. ¡Rocavarancolia cayó y ahora esos niñatos insulsos están violando su cadáver! ¡Que se hagan a un lado! ¡Ha llegado la hora de la venganza! ¡Mirad los cielos! ¡Los canallas que destrozaron la ciudad han vuelto! ¡Los tenemos justo sobre nuestras cabezas, riéndose de nosotros! ¡Asesinaron a nuestro rey, a Sardaurlar! ¡Tiraron abajo las dragoneras! ¡Y ahora han vuelto a regodearse! ¡A ceñir mejor las cadenas de esta Rocavarancolia de mierda! ¡Vayamos por ellos! Hace treinta años nos perdimos la batalla que lo decidió todo, estábamos muy lejos de aquí. ¡Reanudémosla esta noche! ¡Si tenemos que morir, muramos! ¡Pero no aquí, de rodillas, encerrados como ratas! ¡Muramos como legionarios, como guerreros de Rocavarancolia!

La mayor parte jaleó el discurso de Agamenón. Pero no todos. Algunos guardaban silencio. Algunos tenían dudas. Algunos estaban tan cansados como ella. Sangría la miraba, suplicante.

—Y bien, ¿qué decides, capitana? —le preguntó Campán—. Estaremos a tu lado tomes la decisión que tomes. Lo sabes.

Ella apartó la mirada de sus hombres y contempló la ciudad extraña que había al otro lado del ventanal.

Por primera vez en toda su vida, no sabía qué hacer. Y fuera anochecía.

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Los cuentos de Rocavarancolia

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