Bajo tierra

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El ruido fue tremendo, ensordecedor, un estruendo a medio camino entre una explosión y un derrumbe. Lo primero que pensó dama Sedalar fue que alguien estaba atacando Rocavarancolia. Quizá Astria, tal vez Voraz, o cualquiera de los otros mundos que los odiaban a muerte. La bruja se asomó veloz a la terraza, rodeada por un revuelo de sombras soliviantadas. Una impresionante nube de polvo se levantaba hacia el oeste sobre la última línea de edificios y el acantilado que daba a la Bahía de los Naufragios.

Reconoció el lugar. Era una de las barriadas más ruinosas de Rocavarancolia, un conjunto de edificios destrozados por la guerra, donde lo más reseñable era una torre de hechicería que llevaba meses amenazando con venirse abajo. Aunque habían pasado tres años desde que se habían hecho con el control de la ciudad, todavía quedaban zonas en ruinas. Y aquel era un abandono premeditado. El consejo había decidido que fueran los nuevos cosechados los que ayudaran a limpiar y reconstruir esas áreas. Los tiempos de la criba habían quedado atrás, por lo que había que ingeniárselas para encontrar otro modo de averiguar de qué madera estaban hechos los aspirantes a rocavarancolenses.

Se escuchó un segundo sonido de derrumbe y, entre el creciente humo y la polvareda, dama Sedalar vio como dos edificios desaparecían de su vista, tragados por la tierra.

La bruja había dejado su báculo apoyado contra la pared, lo llamó con un gesto y luego, aferrada a él y seguida de cerca por varias onyces, echó a volar hacia la nube de polvo que, poco a poco, se iba extendiendo por el cielo. Más siluetas volaban en esa misma dirección. Entre ellas distinguió a Hector y a los hermanos Lexel y, muy cerca de ella, al excéntrico embajador de Astria, el joven del que ni siquiera sabían el nombre.

Mientras se aproximaba, dama Sedalar descubrió que no eran solo esos dos edificios los que se habían hundido bajo tierra. Toda una manzana de la barriada había desaparecido. Donde antes se había levantado esta se abría ahora una oquedad enorme, un agujero sombrío semicircular con aire de sonrisa macabra. La bruja aterrizó en el reborde mismo del hundimiento y miró en su interior, escrutando entre las columnas de humo y polvo removido. Bajo el subsuelo se abría una gruta de grandes dimensiones cuyo techo, por lo visto, no había aguantado por más tiempo el peso de los edificios. Varios habían resistido con dignidad el desplome y se mantenían intactos, a unos veinte metros de distancia, pero la gran mayoría habían quedado reducidos a escombros polvorientos. Mientras miraba uno de los edificios supervivientes se derrumbó, añadiendo sus restos al caos de escombros. La polvareda era intensa. Se cubrió la mano con la boca.

Llegaban ruidos de allí abajo, un constante rodar de piedras y avalanchas, de rocas cayendo… Pero también se oían gemidos y gritos de gargantas que poco tenían que ver con lo humano. Dama Sedalar alcanzó a distinguir movimientos rápidos en la oscuridad, sombras deformes que se daban a la fuga. El subsuelo de Rocavarancolia era un hervidero de fauna extraña, la mayor parte de ella odiaba la luz y esta entraba ahora a raudales en su reino de perpetua oscuridad. Vio una silueta tentacular que se arrastraba desesperada entre las ruinas, dejando pedazos de sí misma a su paso mientras se alejaba de la hiriente luz; contempló una suerte de arañas blancuzcas de patas desarticuladas y cuerpos semitransparentes, que huían en manada con sus crías a cuestas; más allá, una babosa negra del tamaño de un caballo se deshacía en aullidos, incapaz de moverse cercada por la claridad. Mirara donde mirara veía espantos. Muchos habían perecido en el derrumbe, pero otros huían en tropel, ansiosos de refugiarse de nuevo en la oscuridad profunda del submundo.

—Tenéis una verdadera plaga de bichos allí abajo —dijo el embajador de Astria—. Deberíais hacer algo al respecto.

El joven había aterrizado junto a ella, pero dama Sedalar no había tenido problema alguno en pasar por alto su presencia. Dama Desgarro no hacía otra cosa que intentar instruirle en el arte de la diplomacia, pero dama Sedalar habría preferido aprender a sacarse los intestinos por el ombligo. No iba con su naturaleza eso de fingir llevarse bien con gente a la que despreciaba.

—Y la empezamos a tener aquí arriba —dijo.

El embajador soltó una carcajada, divertido al parecer por su ocurrencia.

—No entiendo cómo podéis dormir tranquilos sabiendo lo que tenéis ahí a…

Calló de pronto, de forma tan repentina que dama Sedalar no pudo evitar mirarlo, intrigada. Había algo extraño en la expresión de su cara, algo a medio camino entre la turbación y la perplejidad. Por un instante pareció no estar allí. La bruja tuvo la desconcertante sensación de que los ojos el embajador estaban mirando hacia dentro, hacia el interior de su propio cráneo. Sus labios comenzaron a moverse, como si se dispusiera a decir algo, pero de nuevo cerró la boca. A continuación remontó el vuelo y, veloz, se coló por la enorme grieta que se había abierto en Rocavarancolia.

—¡Eh, tú! ¿Dónde crees que vas? —le preguntó ella.

Miró a su espalda. Los hermanos Lexel estaban a punto de llegar, y Hector les pisaba los talones. Decidió no esperarlos. Les hizo un gesto en dirección a la fosa y después echó a volar en persecución del embajador de Astria, escoltada muy de cerca por sus sombras.

Alzó el báculo y una luz clara y diáfana se extendió a su alrededor. Localizó al embajador volando entre los edificios, de hecho su objetivo parecía ser uno de ellos. Avanzaba envuelto en claridad, como si se hubiera tejido una capa luminosa con el aire que lo rodeaba. Dama Sedalar fue tras él, haciendo caso omiso de la estampida de criaturas que huían tanto de la luz del sol como de la que generaba su propio báculo. Casi sintió lástima por ellas.

No era un edificio hacia donde se dirigía el embajador. Era un barco, una goleta. Ya no quedaba ninguno de los tres mástiles que había tenido, estaba completamente desarbolada, tumbada de costado con el vientre abierto, reventado. Era un barco antiguo. Muy antiguo Y se había librado por muy poco de ser aplastado por el derrumbe. Dama Sedalar se preguntó cómo habría llegado allí. Era cierto que toda la Bahía de los Naufragios estaba repleta de barcos, bajeles procedentes de cientos de mundos diferentes que habían perdido su ruta y habían terminado despedazados entre los arrecifes, pero aquel en concreto estaba muy lejos del mar.

Dama Sedalar vio como el embajador se colaba en las entrañas del buque por uno de los muchos boquetes que se abrían en su casco. Casi sin pensarlo, fue tras él. Echó un vistazo a su espalda antes de entrar también. Una sombra de alas rojas se aproximaba. Era Hector. Y los hermanos Lexel estaban con él. Su presencia la tranquilizó.

La luz del embajador y la bruja iluminaron el interior de una bodega despedazada. El lugar olía a aridez, a cementerio, a tierra seca… Dama Sedalar se estremeció al ver lo que contenía.

—Poder… —murmuró el embajador de Astria mientras miraba en torno a él, tan sorprendido como ella—. Poder puro, desmedido… casi absoluto. —La bodega del barco estaba repleta de esqueletos. Eran criaturas humanoides, de extremidades largas y cabezas pequeñas. Los cuerpos estaban amontonados contra una de las paredes. Las cuencas vacías de sus cráneos rebosaban polvo, sombra y telarañas—. ¿Qué diablos es esto? —le preguntó a dama Sedalar, girándose hacia ella.

En otras circunstancias no habría contestado, pero estaba demasiado perpleja contemplando aquellos restos. No podía dejar de mirar los cuernos en espiral que sobresalían de la frente de los esqueletos.

—Nuestro pasado… —murmuró.

Harex y Hurza no habían llegado solos a Rocavarancolia.

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Los cuentos de Rocavarancolia

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